Marcos y Estefanía, una pareja de Pilar, se postularon para adoptarlos; hace dos semanas iniciaron la convivencia; cuentan cómo cambió su vida y la de los chicos
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“¿Por qué los adultos hacen eso?”. La pregunta se la hizo L., la mayor de seis hermanos de Misiones, a la jueza que seguía su caso cuando le explicó que, sino aparecía una familia dispuesta a adoptarlos juntos, deberían separarlos.
L., que tiene 12 años, no lo entendía. No quería perder lo único que había permanecido intacto durante toda su infancia: el vínculo fraterno. Ya había luchado para que dos de sus hermanos fueran trasladados al mismo hogar donde vivía el resto y siempre tuvo una certeza inquebrantable: quería crecer junto a ellos.
Hace dos semanas, ese miedo quedó atrás. Desde hace 15 días, L. y sus hermanos de 11, 9, 7, 6 y 2 años viven bajo el mismo techo junto a Estefanía y Marcos, un matrimonio de Pilar, en Buenos Aires. Están aprendiendo a convertirse en familia.
“Siempre tuvimos el sueño de ser una familia numerosa”, dice Marcos, de 34 años, ingeniero agrónomo. “Los chicos llegaron hace dos semanas y sentimos que son nuestros hijos desde siempre”, agrega Estefanía, de 35 años y ama de casa.

“Queríamos un grupo de hermanos”
La historia de los seis hermanos misioneros —cuatro varones y dos niñas— se volvió viral cuando la Justicia de Misiones lanzó una convocatoria pública para encontrarles una familia.
El caso se compartió rápidamente en redes sociales. El tiempo corría en contra: sino aparecía pronto una familia, existía la posibilidad de dividirlos en dos grupos para aumentar sus posibilidades de adopción.
Fue entonces cuando la historia llegó a Marcos y Estefanía, casados desde hace casi cinco años.
“A diferencia de muchas parejas, nosotros no empezamos por inscribirnos en el registro de adopción. Fuimos directo a ver las convocatorias públicas porque sabíamos que ahí estaban los chicos con menos posibilidades de encontrar familia”, cuenta Marcos.
“Además, nosotros queríamos un grupo de hermanos”, agrega Estefanía.
Una tarde de marzo, mientras revisaba las convocatorias publicadas en la web de la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA), Estefanía encontró la de los hermanos: “Le dije a Marcos: ‘Encontré un grupo de seis hermanos’. Empezamos a leer la convocatoria y nos encantó todo lo que decía. Ese mismo viernes nos anotamos”, recuerda Estefanía.
Y agrega: “Sabíamos que iba a ser difícil que encontraran una familia para todos y justamente eso nos entusiasmó más”.
No se trataba solamente de una intuición. En la Argentina, las convocatorias públicas son una herramienta excepcional que utilizan los juzgados cuando ya agotaron la búsqueda dentro de los registros de aspirantes a guarda con fines adoptivos.
A través de estos llamados abiertos a toda la comunidad se intenta encontrar una familia para chicos que, por su edad, por tener alguna discapacidad o problema de salud o por formar parte de grupos numerosos de hermanos, tienen menos posibilidades de ser adoptados.
Los datos reflejan esa realidad. Actualmente hay 2027 personas y parejas inscriptas para adoptar en el país. El 81% manifiesta disponibilidad para niños de hasta 3 años y apenas el 2% aceptaría adoptar chicos mayores de 10. En el caso de grupos de hermanos, solo el 1% está dispuesto a recibir hasta tres niños y no hay postulantes inscriptos para adoptar grupos más numerosos.

“Los chicos no son un paquete”
El lunes siguiente a que enviaran el mail manifestando su interés, desde el juzgado les pidieron a Estefanía y Marcos que completaran un formulario. Luego atravesaron entrevistas, evaluaciones y una audiencia virtual con la jueza del caso.
Fue en ese encuentro donde la magistrada les transmitió una de sus principales preocupaciones: que los chicos volvieran a sufrir una abandono. “Nos preguntó si estábamos seguros. Estaba preocupada porque no quería que los chicos fueran devueltos”, recuerda Estefanía.
La respuesta fue contundente: “Le dijimos que los chicos no son un paquete, no se devuelven”.
Poco después comenzó la vinculación. Primero fue a través de videollamadas y a fines de mayo la pareja viajó a Misiones para conocerlos. Durante ocho días compartieron actividades, charlas y tardes de pesca, una de las grandes pasiones de los chicos.
“Llegaron con lo puesto”
El 3 de junio, los ocho emprendieron el regreso a Buenos Aires. Los hermanos llegaron con apenas una mochila cada uno.
En Pilar los esperaban las dos familias. Marcos y Estefanía habían llevado a Misiones álbumes de fotos para que los chicos pudieran conocer de antemano a sus futuros abuelos, tíos y primos.
Después de más de dos años viviendo en hogares convivenciales, por primera vez tenían una casa que los esperaba a los seis. “Fue un día larguísimo. Terminamos agotados, pero felices”, recuerda Marcos.
Hoy, dos semanas después, la casa ya no se parece en nada a la que habitaban apenas dos adultos.
L., la mayor, sigue siendo muy protectora de sus hermanos. “Le tocó hacer de mamá durante mucho tiempo. Uno de nuestros desafíos es que entienda que ahora puede ser hija, jugar y disfrutar”, explica Marcos.
L., de 11 años, es inquieto y fanático del fútbol. L., de 9, es más tranquilo y reflexivo. C., una niña de 7, es, según la definición de su papá, “un corazón con dos patitas”. A., de 6, “conquista a todos con su sonrisa”. Y T., el más pequeño, de apenas 2 años, “se entusiasma con cualquier juego”.
Por ahora, los chicos todavía no comenzaron la escuela. La prioridad de la familia es fortalecer el vínculo. “Queremos echar raíces primero. Después vendrá todo lo demás”, dice Estefanía.

Un desafío enorme
La guarda fue otorgada por seis meses. Luego comenzará el proceso judicial para concretar la adopción definitiva.
Mientras tanto, la familia enfrenta el desafío que implica pasar de dos integrantes a ocho.
“Nos cambió la vida en todo sentido”, resume Marcos. “Antes teníamos una vida muy cómoda y tranquila. Ahora, el día empieza y termina sin que nos demos cuenta. Hay deportes, juegos, charlas, risas. Estamos cansados, sí, pero felices”.
Para afrontar los gastos que implica esta nueva etapa, la familia está recibiendo ayuda de quienes quieran colaborar. Durante el período de guarda, los chicos todavía no pueden incorporarse a una cobertura médica familiar, por lo que necesitan afrontar gastos vinculados a salud, además de reunir fondos para adquirir un vehículo que les permita trasladarse todos juntos.
“Todos los gastos crecieron muchísimo y toda ayuda nos sirve un montón”, cuenta la pareja.
Cuando les preguntan qué les dirían a otras personas que están pensando en adoptar, no dudan. “Que se animen”, responde Estefanía. Marcos coincide. Y concluye: “Hay muchos chicos y grupos de hermanos esperando una familia”.
Cómo colaborar
Quienes deseen y puedan colaborar con la familia, pueden hacerlo mediante una transferencia bancaria al alias: marcosyestefi (Banco Santander).
Quiero una Familia
Esta nota forma parte de Quiero una familia, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca garantizar el derecho de cada niño a vivir y crecer en familia.





