Adiós a la lógica
En Las intermitencias de la muerte, el Premio Nobel de Literatura José Saramago despliega todo su genio para hacer múltiples reflexiones sobre el final de la vida. El argumento es, como siempre en él, muy ocurrente: en un país sin nombre, la muerte “deja de trabajar” de un día para el otro. Nadie muere, los hospitales se abarrotan de gente, porque incluso los pacientes terminales quedan ahí ocupando camas, en pausa. El sistema sanitario colapsa, los familiares se preguntan qué hacer con sus enfermos, algunos se proponen cruzar con los cuerpos la frontera, porque del otro lado la muerte funciona. Parece una trama inverosímil, pero apunta con mucha lucidez a un punto sensible del ser humano, el miedo al final y la dificultad para manejar la incertidumbre. Que la muerte deje de funcionar en un país es un argumento que barre con la lógica, con el sentido común, con todo. La de Saramago es una novela. Leía en las últimas horas que Donald Trump le mandó una carta al primer ministro de Noruega para comunicarle que, como no le habían dado el Nobel de la Paz, ahora iría por Groenlandia, porque la paz ya no es su propósito. Y me hizo acordar a las formas de barrer con la lógica, el sentido común, con todo. La diferencia es que esto no es una ficción.
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