El casting
Eduardo (lo llamaremos así; 41 años, peruano) maneja un taxi y además trabaja en una rotisería. Cuenta que está “felizmente casado” y que tiene dos hijos. Hace algo más de 20 años que vive en la Argentina. De su primera mujer, correntina, se separó porque era “una gastadora compulsiva”. Decidió entonces ir a Perú en busca de una nueva pareja. “Fui y tuve suerte: la encontré rápido y me la traje”. El relato ya estaba marcado por un sentido nítidamente unidireccional: la busqué, la encontré, la traje. Está hablando de una mujer, de su mujer, pero, así planteado, podría aplicarse a una bicicleta, una campera, una valija; a un objeto, más que a una persona. Ante el asombro de su pasajero, Eduardo completa el cuadro. “En las parejas, el que elige es el hombre”. ¿Y acaso ella no lo había elegido a él? “No –insiste, convencido y terminante–. En eso no intervienen. La decisión es totalmente nuestra. Siempre”. Bajo tal perspectiva, el “felizmente casado” no reparte méritos por igual. Son solo de él, por haber tenido buen ojo en el proceso de selección; un exitoso casting, podría decirse. Lo de ella queda reducido a un mero acatamiento de decisiones en las que no tuvo intervención ni competencia.
¿Qué opina su mujer? “Ni idea. Nunca lo hablamos”.
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