Las cuatro notas de Stefi Geyer
A pocas cuadras de la Academia Liszt, la famosa sala de conciertos y escuela de música fundada en Budapest por el célebre compositor romántico en el siglo XIX, se encuentra la tienda de Ádám Bősze. Ádám fue la primera persona del medio musical que conocí en la capital húngara hace diez años. Crítico, presentador estrella de radio y televisión, promotor de la cultura y los talentos jóvenes, su carisma era (y sigue siendo) la imagen del medio clásico en la ciudad del Danubio. Musicólogo, graduado de la prestigiosa Academia Liszt, y coleccionista, fundador del Zenei Antikvarium, una librería de viejo que acaba de ser noticia por la aparición de un manuscrito de Béla Bartók, una carta o “partitura de amor”, escrita hace 120 años.
En 1907, Bartók ingresó como profesor de piano a la Academia Liszt, la Zeneakadémia como se la llaman en su idioma original (un idioma tan singular que ni siquiera las palabras del vocabulario básico suenan reconocibles: música en húngaro se dice Zene; piano, Zongora; violín, Hegedű; orquesta, Zenekar y así sucesivamente). En sus aulas, el compositor se enamoró perdidamente de una bella alumna, la talentosa Stefi Geyer, violinista brillante que se convirtió en una intérprete de trascendencia, a quien por entonces describían como una muchacha rubia de ojos azules, de mirada inteligente y melancólica. No solo por la cuestión ética que conllevaba el amorío entre una estudiante y su maestro (ella de 19 años, él de 26), sino también por las discusiones constantes respecto de la religión (él ateo, ella católica), el romance o aquello que el compositor creía mantener con la devota musa de sus sueños, a la que aspiraba convertir en esposa un día, repentinamente terminó.
Duró poco el vínculo, apenas un año. Pero, además de la correspondencia que documentó la trayectoria de ambos músicos, al compositor de El Castillo de Barbazul, el idilio de Stefi, le dejó una marca de por vida, una reminiscencia que se tradujo en forma de leitmotiv, de nostalgia y obsesión. Las cuatro notas de Stefi —Re-Fa♯-La-Do♯—, que en la sensibilidad de Bartók personificaban su idealización y deseo. Y la vez la furia mezclada con la pena, por el amor no correspondido, en la disonancia de la nota Do. Cuatro notas agridulces en un acorde mayor de séptima que según la historia lleva el nombre de la violinista.
Con ese motivo, en 1908 Bartók compuso su primer concierto para violín y orquesta, una obra profunda e intensa, dedicada como una declaración, estrenada tras la muerte de ambos. La partitura original, que Stefi Geyer conservó en su testamento, fue legada al director de orquesta y coleccionista suizo Paul Sacher, el más grande mecenas de la modernidad, con el encargo de su ejecución en 1958, medio siglo después de haber sido creada. A partir de esas mismas cuatro notas y los retazos amargos del concierto para violín, escribió sus Dos Retratos, una representación sonora del dilema en que se debatía, entre la ilusión y el rechazo, la dulzura y la violencia, el despecho y el amor, con una paleta de sonidos tan personales como solo Bartók era capaz de colorear una idea. Y tres décadas más tarde, el Divertimento para cuerdas que, en el umbral de la guerra y el exilio, ese dolor del que no pudo regresar, fue un vago recuerdo, una añoranza de juventud.
En 1909 se casó con otra de sus alumnas, Marta Ziegler. Y a la muerte de ésta, en 1923, con la última de sus discípulas, la reconocida pianista Ditta Pásztory.
¿De dónde le llegaban al músico los ecos de esas cuatro notas? De una carta escrita en clave donde la joven violinista le preguntaba al genio de qué manera armonizaría él una melodía suya. El manuscrito de esa respuesta —una partitura en lápiz fechada el 1º de octubre de 1907 con la indicación Adagio molto donde aparecen las voces del “Acorde Stefi”—, fue presentado como un hallazgo en el anticuario de mi amigo Ádám esta semana en Budapest.
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