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Esta selección sigue teniendo grandes días, momentos inolvidables, aunque las producciones futbolísticas estén un par de escalones por debajo. El equipo no suena como una orquesta afinada y con ritmo sostenido, pero cuando se le enrevesa la partitura igual le surge algún solista para dar el do de pecho.
Esta vez no fue Lionel Messi, que se convirtió en noticia porque por primera vez no hizo un gol en el Mundial, en su sexto partido. El capitán no encontraba los espacios ni la precisión necesaria para ser el salvador de turno. La lámpara fue frotada por Julián Alvarez, porque si algo tiene la Argentina, eso es un amplio abanico de individualidades para acudir a su rescate. El catálogo es largo y casi nunca hay una deserción masiva. Siempre hay alguien en un equipo que tiene grabado a fuego el precepto de uno para todos y todos para uno. De esa mística está hecha la Argentina. Hay veces que parece que abusa de ese don especial, como si le resultara más sencillo que ser un equipo terrenal, cartesiano.
El delantero más solidario del fútbol internacional venía regando las canchas con su esfuerzo y su sacrificio. No hay que olvidar que el agónico tercer gol frente a Egipto se gestó en una pelota recuperada por la Araña ante Mohamed Salah en un vértice del área argentina. Pero el gol no se le daba en este Mundial y la Argentina estaba más necesitada que nunca de alguien que tuviera ojo clínico y remate certero para perforar el muro suizo. “Acá estoy yo”, pareció decir Julián, con un derechazo en rosca que va derecho a la galería de los grandes goles argentinos en los mundiales.
En el momento previo al 2-1 ya no había lugar para la idea primigenia de Lionel Scaloni de no jugar con dos centrodelanteros cuando en la cancha también está Messi. Frente a Egipto había sido necesario juntar a Julián con Lautaro Martínez para dar vuelta la historia. Y contra Suiza hubo que subir la apuesta con tres números 9, al agregarse el Flaco López, que le dio el pase a Julián para el escopetazo que hizo diana en el ángulo más lejano que une el poste con el travesaño.
A esa altura ya se habían quemado todos los libros para superar a un rival que tenía un futbolista menos desde los 27 minutos del segundo tiempo, por la expulsión a Breel Embolo. La Argentina tenía cinco jugadores de ataque: Messi, López, Lautaro, Julián y Thiago Almada. Alexis Mac Allister había retrocedido como volante central, con Nicolás Otamendi -había ingresado por un fundido Cuti Romero- y Lisandro Martínez plantados también en campo del rival, y Gonzalo Montiel encendiendo el turbo por la derecha. Una Argentina aluvional, con todo lo que eso también tiene de turbulento.
El 3-1 de Lautaro Martínez, ya en el último minuto del suplementario y con Suiza lanzada a cara o cruz, redondeó un triunfo que en las cifras fue más generoso que lo que indica el desarrollo. La expulsión a Embolo fue un bisturí que dividió en dos al partido. Ya se escribió que esta Argentina también se alimenta de lo que viene de arriba, de lo que “cae del cielo”. Así se puede catalogar la tarjeta roja para el centro-delantero suizo, víctima del nuevo rigor reglamentario, que le valió una segunda amarilla por una simulación intrascendente en la mitad de la cancha. Pagó cara la equivocación del árbitro Clément Turpin, que en esa acción había amonestado a Leandro Paredes por una infracción inexistente.

El VAR invirtió todo y a la Argentina se le abrió una puerta que estaba cerrada. Porque cinco minutos antes de la expulsión había empatado Suiza, todo un síntoma de lo que era el partido, con la selección albiceleste demasiado apagada, de ritmo bajo y concesiva en lo relativo al control de la pelota. El 1-0 logrado de cabeza por Mac Allister a los 9 minutos del primer tiempo la llevó a un conformismo excesivo. Probablemente haya hecho cuentas de lo ajustada que viene de físico y resistencia. “Estuvo de nuestro lado la suerte, es la realidad. Atacamos a partir de la expulsión de ellos”, reconoció Scaloni.
Después de vaciarse para ganarle a Egipto, a la Argentina le estaba bastando con medio tanque de combustible para avanzar a las semifinales. Racionaba todo: la posesión de la pelota, el desgaste, los tiempos del partido, las emociones. Se pasaba de las películas de suspenso ante Cabo Verde y Egipto a un relato más tedioso y burocrático, que, de no ser por lo mucho que estaba en juego, habría llevado a la somnolencia y los bostezos. Pero entre el empate y la expulsión, sobrevino la descarga de adrenalina.

Otra vez los nervios, la incertidumbre. También el asedio sobre una Suiza que reculó hasta su área. La selección avanza eliminando amenazas y riesgos, como el que habría sido llegar a los penales. Viene Inglaterra, el primer rival en el Mundial ubicado en el top 5 del ranking FIFA. A esta Argentina podrán costarle los partidos, pero no hay desafío que le quede grande.
