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Ashraf Hakimi nació en Madrid hace 27 años, se formó en la cantera merengue, donde incluso llegó a disputar 9 partidos en Primera. Después fue recorriendo Europa, siempre en clubes grandes -Borussia Dortmund, Inter- hasta aterrizar en el PSG francés e informarle al mundo que hoy por hoy no hay en el planeta un mejor lateral derecho que él. Ismaïl Saibari, 25 años, es de Terrassa, un suburbio de la capital catalana, aunque creció e inició su carrera en Bélgica. Su temporada en PSV Eindhoven ya mereció dos premios: lo eligieron mejor jugador de la Eredivisie neerlandesa, y Bayern Munich acaba de contratar sus servicios, 55 millones de euros mediante.
Puede sonar extraño, pero un madrileño y un catalán debieron asociarse para rescatar a Marruecos cuando su invicto en el torneo, y quizás su confianza para lo que viene, se tambaleaban peligrosamente.
Ellos fueron los responsables principales de evitar que la selección magrebí emborronase su prometedora marcha justo ante Haití, el rival que se preveía menos complejo, y en el paso previo a encarar la etapa de play-offs que, salvo sorpresa, lo enfrentará a Países Bajos en los 16avos de final.

Tal vez, Mohamed Ouahbi, el técnico norteafricano, haya pensado lo mismo que la mayoría para decidir darles descanso a cuatro de sus titulares. Quizás, sus jugadores entendieron mal el mensaje. Lo concreto fue que el equipo estuvo lejos de ser la aceitada maquinaria de juego que tuvo contra las cuerdas a Brasil y superó sin muchos sobresaltos a los escoceses.
En su tercer encuentro, Marruecos anduvo escaso de fluidez en el movimiento de la pelota, y por momentos falto de energía y concentración en defensa. Lento en la distribución y flojo en la marca, Sofyan Amrabat, quien fue una de las figuras en Qatar hace tres años y medio, demostró por qué debió cederle su puesto al juvenil Ayyoub Bouaddi. Un centrodelantero clásico como Ayoub El Kaabi, goleador en el Olympiacos griego, explicó con su actuación la razón por la que el entrenador prefiere colocar a Saibari de nueve “falso” en lugar de ubicarlo en su puesto natural de volante ofensivo, un recurso que además le permite ganar una estación de pase gracias a la movilidad del nacido en Cataluña. Y el lateral Annas Salah-Eddine, por fin, fue una invitación para que los haitianos buscaran el lado derecho para atacar.
Pero además, los norteafricanos se vieron sorprendidos. La selección caribeña, que había enseñado muy poco frente a Escocia y Brasil, rompió el molde y fue mucho más de lo esperado. Ya con todo perdido, los dirigidos por el francés Sébastien Migné se desprendieron de los temores y la timidez, propusieron un partido de ida y vuelta a partir de la presión alta y el esfuerzo colectivo, y se fueron del Mundial dejando una buena imagen, demostrándose a sí mismos que salir a jugar siempre es buena receta.
Quien solo se guíe por el 4-2 final para deducir cómo fue el desarrollo del encuentro, seguramente cometerá un error. Haití no fue menos que su encumbrado rival en tres cuartas partes del choque, se puso dos veces en ventaja y solo cedió en su empuje en el último cuarto de hora, cuando los cambios múltiples le habían desfigurado el rumbo.

Mucho antes de ese cierre, Lenny Joseph y Wilson Isidor revivieron con dos golazos, uno mejor que el otro, el espíritu de Emmanuel Sanon, el delantero que en Alemania 1974, única participación de Haití en una Copa del Mundo, rompió el récord internacional que el italiano Dino Zoff llevaba desde hacía más de mil minutos y, días después, se dio el gusto de hacer otro gol: el del descuento en el 4-1 de Argentina.
A los 10 minutos, Josué Casimir aguantó una pelota ante Amrabat, dobló por afuera Jean-Kevin Duverne, lanzó el centro bajo y Joseph definió con el taco zurdo. A los 42 de esa primera mitad, Duverne le bajó un balón de cabeza a Isidor a unos 25 metros del arco y el delantero del Sunderland despachó un misil a más de 100 kilómetros por hora que acabó su recorrido en el ángulo de Bono.

En ambos momentos de incertidumbre aparecieron Hakimi para liderar la reacción, y Saibari para ser su ladero. Las diagonales del lateral resultaron un problema insoluble para el fondo haitiano. El arquero Johny Placide le negó el gol tapándole un mano a mano con las piernas, pero un rato después le dejó la pelota picando casi en la línea al intentar el rechazo de un centro: 1-1. A su vez, el nuevo futbolista del Bayern remató con categoría para sellar el 2-2 apenas tres minutos más tarde del golazo de Isidor. El preciso centro desde la derecha, cuándo no, había sido de Hakimi.
La segunda mitad ya fue otra cosa. Más enredada, peor jugada. Fue perdiendo fuerza Haití y empeoraron su juego los magrebíes, conocedores además de que la goleada de Brasil le quitaba toda opción de liderar el grupo.
Los tantos que decidieron la victoria llegaron por decantación más que por fútbol, aunque seguramente habrán tenido el efecto estimulante de todo triunfo. Necesitará esa energía positiva Marruecos si pretende repetir la gesta de Qatar. También ganar en solidez defensiva y potencia en la definición. Cuenta con juego para hacerlo, y también con dos cracks “españoles” que dicen presente para solucionar los problemas.

