Escombros, olor a muerte y mensajes desesperados en las paredes: las marcas de la tragedia en La Guaira
En el área más castigada por el doble terremoto, las señales de los equipos de rescate y los pedidos de ayuda exponen una devastación que sigue abierta
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CARACAS.– En Playa Grande, a pocos metros de lo que alguna vez supo ser el Hotel Marriot de La Guaira, lo que más impacta se ve, y también se huele.
El barbijo no alcanza. Apenas ayuda a filtrar un aire espeso, el olor a los cuerpos en descomposición, que se mete igual por los costados. Después de unos minutos, el olor deja de ser una sorpresa y pasa a convertirse en algo constante. Va y viene, pero no se termina de ir. Acompaña cada paso por las calles de la ciudad más castigada por el terremoto.
Durante el sábado, LA NACION recorrió la zona del desastre junto a un grupo de voluntarios venezolanos que abastece con alimentos y artículos esenciales a las iglesias que quedan “abajo”, como le dicen aquí a la zona de La Guaira, que está cerca del mar.

El viaje desde Caracas hacia abajo dura unos 50 minutos y atraviesa distintos paisajes. A medida que uno se acerca a la costa, se ven barrios enteros donde el paisaje parece suspendido en el instante exacto en que la tierra decidió moverse.
Hay edificios que siguen de pie, pero son pocos. Otros quedaron abiertos como si alguien les hubiera arrancado una pared de un solo tirón, dejando dormitorios, cocinas y comedores expuestos a la calle.
Desde afuera se ven camas todavía tendidas, placares abiertos, juguetes infantiles, fotos familiares y cuadros que continúan colgados en una pared que ya no pertenece a ninguna casa. El terremoto convirtió la vida privada de miles de familias en un escenario a cielo abierto.

En algunos sectores, las construcciones no colapsaron hacia abajo sino hacia un costado. Las paredes quedaron apiladas unas sobre otras como un mazo de cartas que alguien dejó caer sobre el piso. Entre bloques de hormigón asoman caños, hierros retorcidos y fragmentos de escaleras.
Edificios mutilados
Frente al mar, un edificio de varios pisos permanece mutilado sobre el borde del acantilado. “Es un medio edificio”, dice uno de los voluntarios. Al lado, lo que parecía ser un hotel tenia una pileta que quedó desplomada hacia el vacío.
En medio de esta trágica geografía aparecen señales que hablan de quienes ya no están. Sobre una enorme pared negra, alguien escribió con pintura blanca: “Samara te amamos”. Un mensaje dirigido a una persona que nunca volverá a leerlo.

En distintos puntos de la ciudad, los familiares dejan frases escritas directamente sobre los restos de las construcciones donde creen que quedaron atrapados sus seres queridos.
Las paredes también cuentan otra historia. Muchas fueron marcadas con pintura por los equipos que recorren la zona. Una “D” indica que todavía hay cuerpos dentro de la estructura. Una “C” señala que esos cuerpos ya fueron recuperados.
Son letras simples, pintadas a mano, pero alcanzan para cambiar por completo el significado de una casa y sirven de guía para los voluntarios internacionales que trabajan incansablemente para encontrar sobrevivientes.

Sin embargo, no todas las inscripciones hablan de la muerte. Algunas expresan la urgencia de los que siguen vivos y no tienen a quién recurrir. En fachadas agrietadas aparecen pedidos escritos con aerosol: “Necesitamos comida”, “Necesitamos medicinas”. En muchos barrios, las paredes funcionan como un tablón de anuncios para quienes llegan con asistencia humanitaria.
Los voluntarios conocen esas marcas de memoria. Con camionetas cargadas de alimentos, agua potable, pañales y medicamentos recorren calles donde todavía resulta difícil distinguir cuáles edificios podrán salvarse y cuáles terminarán demolidos. Cada parada implica descargar cajas y seguir camino hacia el siguiente barrio. La demanda parece infinita.

Hay escenas que resultan difíciles de olvidar. Una vivienda de ladrillos quedó partida exactamente por la mitad. Desde la calle todavía se distingue la cama deshecha, la ropa amontonada, el lavarropas, la cocina y una grieta que atraviesa el piso.
Parece una escenografía hecha a propósito para explicar el daño que puede hacer un terremoto. Pero es la casa de alguien.
A las 6.30 de la tarde, el sol empieza a caer, pero la oscuridad no consigue ocultar la destrucción. Los rescatistas siguen trabajando. Los familiares permanecen cerca de las cintas de seguridad esperando y rezando. Y el olor, ese que recibe a cualquiera que llega por primera vez, continúa estancado sobre la ciudad como un recordatorio permanente de que, debajo de muchas de esas montañas de concreto, la tragedia todavía no terminó.
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