Quién es Abelardo De la Espriella, el “Tigre” que le dio el zarpazo a la izquierda en Colombia
El polémico abogado derrotó al oficialismo por un margen mínimo y llegará a la Casa de Nariño con una agenda de shock, megacárceles y ofensiva contra los grupos armados
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BOGOTÁ.– “¡Acá está tu tigre, ruge y muerde!”, gritó una y otra vez el abanderado de Defensores de la Patria en su gira por el país que lo ha elegido para liderarlo hasta 2030. Visto desde fuera, parecía un líder estrafalario, de esos que salen de las entrañas de América, tan harta de corrupción y violencia.
Pero quienes conocen de cerca al presidente electo de Colombia saben que es muy astuto, tanto como para ver el hueco histórico que el moméntum geopolítico le abría ante sus narices si se convertía en remedo de líder populista de la derecha radical, la misma que se extiende por todo el continente al toque de tambor de Washington y la versión renovada de la Doctrina Monroe.
Con invocaciones constantes a Dios, a la patria, a la bajada de impuestos o a la familia. Con su pico de oro, capaz de convencer al gran juez del país, su propio pueblo. Quien mejor que un ciudadano con doble nacionalidad, colombiana y estadounidense, para convertirse en su abanderado político, ajeno a la política tradicional pese a que su padre fue un dirigente liberal en la costa.
Abogado penalista de 47 años y empresario de éxito, “muy rico”, Abelardo de la Espriella, nacido en Bogotá pero de vida en la costa, no dudó en afeitarse la barba como el salvadoreño Nayib Bukele, en ponerse el chaleco antibalas del ecuatoriano Daniel Noboa, en colombonizar algunas de las recetas de Donald Trump y en adoptar de todos ellos la mano de hierro contra la inseguridad, de forma tan hiperbólica que ha prometido la construcción de 10 mega cárceles al estilo del CECOT (Centro del Confinamiento del Terrorismo) de El Salvador.
Una cosa es no ser un político profesional, lo que le aleja de esa politiqueo tan odiado por la gente, pero otra muy distinta es que en el pasado profesional de De la Espriella no aparezcan sus defensas más polémicas, capaces de acabar con cualquier aspirante si no fuera por el blindaje que su propio discurso incendiario le otorgó.
Todo el mundo lo sabe en Colombia, pero la mitad del país decidió mirar para otro lado porque en el plebiscito sobre Gustavo Petro sólo les cabía el no contra el exguerrillero.
Abelardo fue el abogado defensor del magnate colombiano Alex Saab, que ha conocido la victoria de su amigo en una celda de Estados Unidos, tras ser deportado desde Caracas por el gobierno de Delcy Rodríguez.
Tras hacerse millonario gracias a su participación en varios de los actos corruptos más sangrantes del chavismo, Saab se convirtió en el testaferro de la familia de Nicolás Maduro y en el principal operador internacional de la revolución para eludir las sanciones de EEUU, con el comercio del oro y del petróleo.
Su otro gran cliente fue David Murcia, el creador de una pirámide de captación de dinero que estafó a 200.000 colombianos, también extraditado en su día a EE.UU. Y entre uno y otro paramilitares famosos, como Salvador Mancuso, con el que se relacionó en una especie de lobby para justificar las matanzas de los “paracos”.
Aunque parezca un salto de malabares, la realidad es que De la Espriella ha pasado del espectáculo judicial a la política del entretenimiento, sobre todo en unas redes sociales tan exacerbadas que sus mensajes directos y sencillos han calado entre todo tipo de públicos.
Su principal obligación para no ser un Rodolfo 2.0 (candidato independiente que cayó derrotado en 2022) era acentuar al máximo todas las características que le transformaban en un outsider alejado de la política tradicional, esa que es tan espesa en Colombia. Nada de partidos políticos ni de los círculos tradicionales del poder, aunque luego haya recurrido a ellos para sumar millones de votos en distintos puntos del país.
El siguiente reto era para su equipo de campaña, encargado de inventar un torrente de emociones por encima de la política, algo que fuera muy colombiano, con mucha música, lleno de símbolos. Así nació el Tigre que saludaba como un militar patriota, que entonaba canciones adaptadas de la hinchada argentina (¡Petro, decime qué se siente!), que convertía cada acto público o mitin en una fiesta que parecía sacada de la pachanguera Cali o de carnavalera Barranquilla.
Desde el minuto 1, Abelardo, como le llaman sus seguidores, supo que el rival era Gustavo Petro. Para derrotarle, necesitaba primero liquidar políticamente a Paloma Valencia, la candidata del uribismo, que concurrió con un vicepresidente centrista, abiertamente homosexual.
De la Espriella aglutinó casi todo el voto de la derecha en primera vuelta, extremando sus mensajes y con muchas dosis de machismo.
Llegó a alardear incluso del tamaño de su “paquete” genital durante la entrevista en un podcast para jóvenes. Inducidos por esa campaña llena de emociones, los colombianos se convencieron de que la figura de fuerza patriótica y símbolo de seguridad debía ser encargado por el risueño abogado de la costa.
Para la segunda vuelta, la clave era otra: aglutinar y dividir al país. “Ganaremos porque el pueblo encontró al líder que necesita para este momento de su historia”, adelantó De la Espriella, “firme por la patria”, quien también en sus tiempos de abogado protagonizó defensas de víctimas reconocidas, como Natalia Ponce de León, quien sufrió un ataque con ácido y cuyo proceso influyó en luchas feministas.
“Sólo acepto procesos que me despiertan interés y vértigo”, confesó el presidente electo a la revista Semana, el primer gran medio colombiano que se sumó a su defensa en primera vuelta electoral.
Pese al odio mutuo que se profesan, Petro y De la Espriella comparten gustos extremos por las mujeres, como buenos colombianos y por su estética. “El día que yo me pongo una camisa como las que se pone Petro prefiero la cárcel”, confesó en una de sus entrevistas, donde justificó sus implantes de pelo (que también se ha realizado el actual presidente) y su amor por la dolce vitta, donde no faltan las mejores marcas, incluidas las suyas.
Una vez dejó de lado su carrera de abogado, y entre sus constantes viajes a Estados Unidos e Italia, Abelardo creó sus propias marcas, incluidas el Ron Defensor y el vino Fratellone. Su gustó por los lujos asustó a alguno de sus colaboradores al principio de la campaña, pero este hombre que se hizo a sí mismo cree conocer la psicología de su gente, que no habría visto su riqueza con envidia pero sí desde un punto de vista aspiracional.
En los días por venir el presidente electo tendrá que demostrar si sus garras felinas están afiladas de verdad, porque es fácil predecir una embestida de Petro desde Casa de Nariño con todos sus poderes presidenciales. Pero los mismos que le conocen aseguran que Abelardo no se arredra fácilmente y que juramentará en agosto sin pasear la espada de Bolívar como hizo su antecesor hace cuatro años.
Con su minoría parlamentaria, sólo cuatro senadores para Salvación Nacional, De la Espriella tendrá que recurrir a la cintura política para poner en marcha un programa extremo, que comenzará con 90 decretos en un solo día, con los que pretende gobernar con poderes extraordinarios. Por supuesto no faltaría el estado de excepción, que de tanto usarse en otros países de la región dejará de ser un instrumento excepcional.
Esta debilidad política inicial pone en cuarentena estas medidas como las otras anunciadas para la “patria milagro”, como la imposición de educación religiosa en los colegios, el despido de miles de contratistas y funcionarios del gobierno y el despliegue de miles de reservistas en los barrios. Pese a su histórica victoria, en la que muy pocos creyeron cuando se lanzó el año pasado al ruedo político, De la Espriella comienza desde hoy una segunda batalla política hasta llegar a Nariño.
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