El realizador argentino e hijo de inmigrantes taiwaneses Juan Martín Hsu presenta un policial con ingredientes del cine asiático
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Los caminantes de la calle (Argentina, Perú / 2025). Dirección: Juan Martín Hsu. Guion: Martín Hsu y Marcelo Pitrola. Fotografía: Roman Kasseroller. Edición: Ana Remón. Música: Mowat y Jorge “Awelo” Miranda. Elenco: Victoria Almeida, Chien Min Lee, Andrés Alberto Tan He, Yuchen Che, Alex Kawen y León Yee. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: buena.
Una familia china cena en su restaurante mientras mira por televisión una película de Wu-xia, el género tradicional de espadachines que transcurre en una era mítica. La banda sonora exaltada del film de acción subraya de modo anómalo las circunstancias más prosaicas pero no menos dramáticas de estos personajes contemporáneos: una llamada interrumpe la cena y una voz al teléfono exige un pago exorbitante para terminar con una amenaza de muerte. El rojo y el amarillo de la fachada del restaurant y el neón del interior anticipan una fotografía de colores inflamados, como las de Christopher Doyle en las películas de Wong Kar-wai. Poco después, dos motociclistas anónimos que parecen salidos de una película de John Woo, uniformados de negro desde el casco hasta las botas, disparan a quemarropa contra el personal y clientes del local.
Luego de este prólogo cargado de señales que apuntan al cine de acción asiático e insospechado para una película argentina, las contraseñas estéticas cambian un poco y sigue otra película, más normalizada y asentada en el realismo, que abandona las promesas de esos primeros minutos. Esto no quiere decir que sea convencional: está hablada en buena parte en cantonés y trata del enfrentamiento de dos facciones de la mafia china con el atípico fondo, para este relato, del paisaje mendocino.
La trama queda separada en dos líneas paralelas que insinúan la desconexión entre las dos culturas. Por un lado, se desarrolla la historia de un conjunto de migrantes chinos, en particular una familia de comerciantes y un grupo de mujeres traídas como mercancía, en el marco de una guerra entre dos grupos mafiosos conocidos como el Tigre y la Serpiente, que pugnan por el control extorsivo de su comunidad. Por el otro, hay una investigación policial de estos clanes delictivos a cargo de la fiscal argentina Belenguer (Victoria Almeida) ayudada por el policía chino y traductor de cantonés Li (Chien Min Lee).

Dentro del marco prestado, aparentemente, por una noticia periodística que el director leyó en el diario, el guion inserta un tópico característico del Wu-xia y también del policial negro, el género que regula este relato: la aparición de un personaje marginal que resulta tener un código moral y toma la determinación de hacer lo correcto. Este es el soldado callejero Xu (Andrés Tan He), un mafioso de baja ralea que entabla un vínculo con una joven víctima de su organización, solo conocida como La Pujanesa (Yuchen Che), a quien decide rescatar y entregar a su familia, sin calcular plenamente los riesgos.
Seguramente debido a su historia familiar, la experiencia de las personas migrantes es un tema central en los tres largometrajes del realizador argentino e hijo de inmigrantes taiwaneses Juan Martín Hsu. Aquí aparecen representados con una insularidad extrema, como si vivieran en una realidad desfasada de la del país que habitan. En este policial, toda injusticia y justica recibida por los chinos proviene de otros chinos, no de instituciones del estado argentino. Aunque la fiscal intenta descifrar el mundo de sombras de estas organizaciones criminales, toda su actividad, su línea narrativa, casi no tiene efectos sobre el otro lado de la trama, que permanece impermeable. Así la película establece el aislamiento del migrante, al tiempo que se indica la insalvable impotencia de la ley, la idea que prácticamente funda el noir.

Para alguien que no habla chino -como este cronista-, hay una brutal diferencia de eficacia entre las escenas en chino y las habladas en castellano. Si bien está claro que el director busca un estilo contemplativo y una suerte de grado cero de la emoción, aquí las intercambios en chino parecen fluir con una neutra naturalidad mientras que los que son en castellano se sienten forzados: exposiciones crudas que suelen cerrar con un “entiendo”. La calidad de las actuaciones también fluctúa mucho (algunos actores no son profesionales). Con estos problemas y algunas inconsistencias narrativas -la investigación pasa de avanzar muy lento a muy rápido cuando hay que cerrar la película-, Los caminantes de la calle es una obra que logra lo que se propone y resulta muy distinta a cualquier otra del cine argentino actual.
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