Identidades encontradas: con el entusiasmo de las expresiones jóvenes
El Ballet Contemporáneo vuelve a salir al hall del San Martín para bailar, por la tarde y gratis, dos obras de cruce de lenguajes
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Identidades encontradas. Programa integrado por dos piezas: Existo, coreografía de Georgi Seva; banda sonora de Iván Lanzo, y Masaca, coreografía de Maia Roldán; banda sonora de Mariano Vega. Vestuario: Analía Morales. Por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. Dirección: Andrea Chinetti; codirección: Diego Poblete. Hall Alfredo Alcón del Teatro General San Martín. Funciones: de jueves a domingos, a las 18.00.
Nuestra opinión: Muy buena
Se percibe cierta continuidad entre la ola de intensidad y de energía que deparaba la obra final del programa anterior del Ballet Contemporáneo y la que generan, ya desde el estreno, las dos piezas del nuevo programa de la compañía del Teatro San Martín. Si bien la obra central del espectáculo que antecedió al actual venía firmada por uno de los creadores europeos actuales importantes (Rossini cards, de Mauro Bigonzetti), mientras que las coreógrafas que integran el nuevo programa son dos jóvenes en su etapa inicial, a pesar de ese pronunciado décalage, decíamos, el grupo que dirige Andrea Chinetti y codirige Diego Poblete genera otro espectáculo -si bien breve- fuertemente movilizador y, además, diríase popular.
La experiencia de estas Identidades encontradas (título que con una connotación un tanto genérica engloba a las dos piezas), se verifica en el hall central llamado Alfredo Alcón, con su amplia perspectiva visual, en horario vespertino y con acceso gratuito, condiciones acordes con estos módicos cincuenta minutos de danza (¿un espectáculo “de transición” en la continuidad de la temporada, tal vez?), capaz de generar un entusiasmo propio de las expresiones juveniles.
El hall, en la semioscuridad, se va inundando de raras figuras humanas, lentas, con las cabezas envueltas en gasa (como la que cubría al desdichado Hombre Elefante en las representaciones que lo evocaban). Así se inicia Existo, de Georgi Seva, con un lote de performers cuya indumentaria entabla individualidades, aunque sin diferenciar lo masculino de lo femenino. Hasta que una de las intérpretes (Manuela Suárez Poch) se esfuerza ostensiblemente hasta lograr mostrarse a cara descubierta, y estimular a su compañero (Benjamín Lameiro) a imitarla. La casi veintena de bailarines se van quitando los tules del rostro, con oportunas expresiones de liberación, mientras la banda sonora intensifica su ritmo, ahora afín a la atmósfera de una disco. El grupo responde con una intensificación, también, del movimiento, exigencia que la compañía sobrelleva sin fisuras.
Se van sucediendo, así, formaciones de módulos grupales, con idas y venidas hacia y desde el fondo, donde se ocultan tras los cortinados. A cierta altura se desvisten, con una sensualidad que valoriza el gesto del despojamiento. Continúan sus evoluciones en prendas íntimas, todo en blanc, con una dinámica de movimiento que alterna el hip hop y otras variantes urbanas con la danza contemporánea, en una alquimia de fusión que Seva acierta a dosificar.
Masaca, la pieza de Maia Roldán que completa el programa, arranca con un breve pero atractivo solo de Vicente Manzoni, hecho de sutiles contorsiones, quien no tarda en desaparecer en la “multitud” (otra casi veintena de cuerpos) que lo va rodeando al son de un malambo, si bien con aire tecno, pero malambo al fin. Una figura femenina muy fugaz precede al ingreso sonoro de un chamamé y luego, en una escena que resulta un hallazgo, sobre una voz bagualera femenina, la siempre expresiva Carolina Capriati ejecuta un sutil solo, mientras el resto del grupo permanece inmóvil, como si se trataran de estatuas en un parque.
La banda sonora, desbordante de ritmos folklóricos argentinos e indoamericanos (más una posible ráfaga de flamenco) induce al grupo a una catarata de movimientos vertiginosos que cubren la totalidad del vasto espacio del hall. No falta una zamba, que Rubén Rodríguez y Silvina Pérez bailan con una graciosa inocencia folklórica, casi sin tratamiento coreográfico especial (pañuelos incluidos).
La pieza de Maia Roldán transcurre, así, como un mosaico de expresiones sonoras y coreográficas autóctonas, de culturas afines, si bien diferenciadas en sus raíces rítmicas y, además, tratadas con medios electrónicos. Hasta que la sucesión de escenas desemboca en la esperable chacarera, un ritmo que encierra ancestros multiétnicos y que, con su proverbial versatilidad, mueve a los bailarines a entregarse a lo que se perfila como una declarada apoteosis de la chacarera. Los integrantes del Ballet Contemporáneo, consecuentes con la propuesta de la coreógrafa, se entregan con fervor a la vorágine de los movimientos finales, tal como lo habían hecho, hace pocas semanas, con el pasaje final de Gioachino Rossini (La gazza ladra) en la pieza de Bigonzetti, y motivan en los espectadores consecuentes reacciones de entusiasmo.
A esa coherencia aludíamos al comienzo, a propósito de una intensidad energética con la que la compañía del San Martín parece respirar naturalmente, sin descuidar su indeclinable entrenamiento técnico, y que logra trascender a un público agradecido.
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