Leviticus: ritual de sangre: el horror como castigo en medio de un asfixiante pueblo religioso
El film australiano que dirigió Adrian Chiarella no apela a los golpes de efecto para generar terror
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Leviticus: ritual de sangre (Leviticus, Australia/2026). Guion y dirección: Adrian Chiarella. Fotografía: Tyson Perkins. Edición: Nick Fenton. Elenco: Joe Bird, Stacy Clausen, Mia Wasikowska, Jeremy Blewitt, Davida McKenzie, Ewn Leslie. Calificación: No disponible. Distribución: Cinetopia. Duración: 88 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
El Outback australiano adquiere una dimensión concreta y material en la bíblica Leviticus: ritual de sangre. Ya no es un espacio donde el fantástico está sugerido por la tensión entre el colonialismo y las raíces originarias, como en películas claves del Nuevo Cine Australiano tales como Walkabout (1971) del inglés Nicolas Roeg, o Picnic en las rocas colgantes (1975), del célebre Peter Weir, o incluso Summerfield (1977) de uno de los mejores secretos de aquella tradición como Ken Hannam. Aquel renacimiento de ese cine insular en los 70 tensó las fronteras entre lo real y lo sobrenatural, usando los espacios abiertos, las extensiones desérticas y los misterios de ese centro incandescente de la isla como el mejor alimento de los miedos atávicos. El terror que hoy llega desde Australia -y que comparten otros directores como Jennifer Kent y Danny y Michael Philippou- recupera aquellas coordenadas para sembrar nuevos temores -al deseo adolescente, al desafío de los mandatos de orden y control disciplinador-, y para entender la búsqueda del amor como anhelo humano irrenunciable.
El director Adrian Chiarella sitúa la acción en un pueblo de la región de Victoria al que acaban de mudarse Naim (Joe Bird) y su madre Arlene (Mia Wasikowska), deseosa de regresar a la enseñanza cristiana que forjó su origen. Para Naim, en cambio, las cosas no resultan fáciles: no puede conectar con nadie en el lugar y el pueblo se reduce al colegio y la cerrada comunidad religiosa en la que su madre encuentra consuelo y refugio. El encuentro con Ryan (Stacy Clausen) en el molino abandonado resulta toda una sorpresa, y la inquietante naturaleza que asedia en el camino solitario los extravía primero en la complicidad y luego en el imprevisto deseo. Pero no tardará en llegar la advertencia para los incautos herejes: los celos de Naim habilitan la llegada de un misterioso sanador y un ceremonial de purificación asegura extirpar el deseo como forma rectora de normalización.
Recursos
Las estrategias de Chiarella son sencillas y al mismo tiempo reveladoras. No necesita de golpes de efecto -salvo la escena del inicio en una pileta comunitaria donde una ducha sugerente culmina en un baño de sangre- o recursos demasiado alambicados para sembrar el horror en la mente de Naim, es algo que siempre estuvo ahí, latente, inoculado. Sobre eso conocido es sobre lo que opera la película, situando el “Mal” en aquello cercano y amado que al mismo tiempo debe ser desterrado. Y allí encuentra su mejor conexión con el Outback ominoso que latía en los clásicos de los 70: la conciencia de que era una verdad silenciada la que regresaba, ya fuera la de las raíces nativas o la de una sexualidad suprimida. Por ello son pocos los recursos del terror tradicional: la visita a una joven que padeció la misma maldición y está recluida en un loquero; una oreja herida y ensangrentada que puede ser el signo de una pasión malsana; la travesía para encontrar al artífice del ritual de conversión. Todos terminan sin respuestas, sin epifanías, sin resoluciones tranquilizadoras.

Lo que explora en verdad Leviticus... es ese horror a uno mismo que puede asomar en la imagen del otro, que en el propio Naim propulsa la delación y luego el insistente rescate. El diseño de las escenas claves, con sus chimeneas humeantes de fondo, sus ambientes inhóspitos y solitarios, incluso sus imprevistas humoradas surgidas de la indiferencia y el desinterés de los habitantes locales, consigue revelar en la mirada lo que ya estaba allí, imperceptible, como presencia ominosa, dejando en el rabillo del ojo un sobresalto latente que, aun con el susto, puede liberarnos.
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