
Françoise Dorléac, la estrella que deslumbró a la Nouvelle Vague y tuvo una muerte que dejó sin palabras a su famosa hermana
La actriz tuvo una breve pero prolífica carrera, en la que llegó a cautivar a Truffaut y a protagonizar films junto a Jean-Paul Belmondo y Omar Sharif
Hay artistas cuya leyenda comienza el día en que desaparecen y Françoise Dorléac fue una de ellas. Su carrera duró apenas ocho años, pero le fueron suficientes para convertirse en una de las figuras más prometedoras del cine francés de los años 60.
Hermana mayor de Catherine Deneuve, musa inspiradora de François Truffaut, actriz admirada por Roman Polanski y compañera de escena de Jean-Paul Belmondo, Gene Kelly, Michael Caine y Omar Sharif; su muerte, el 26 de junio de 1967, cuando un accidente automovilístico truncó su vida a los 25 años, congeló para siempre la imagen de una actriz luminosa, irreverente y moderna, convertida desde entonces en uno de los grandes símbolos de la Nouvelle Vague y en la ausencia más dolorosa de la historia del cine francés.
Una energía arrolladora
Nacida en París el 21 de marzo de 1942, Françoise creció en una familia donde el espectáculo era parte de la vida cotidiana. Su padre, Maurice Dorléac, era actor y director de doblaje; su madre, Renée-Jeanne Deneuve, fue una prestigiosa actriz teatral y una de las grandes doblajistas francesas, que llegó a prestarle su voz a figuras como Judy Garland, Olivia de Havilland, Esther Williams y Donna Reed.
Françoise fue la segunda de cuatro hermanas: Danielle, fruto de una relación anterior de su madre, mientras Catherine y Sylvie completaron aquella familia donde el arte parecía heredarse de generación en generación. Vale destacar que cuando Catherine decidió comenzar su carrera cinematográfica, eligió adoptar el apellido de soltera de su madre para evitar que el público confundiera a las dos hermanas. Años más tarde admitiría que, con el tiempo, se arrepintió de haber descartado el apellido Dorléac.
La infancia de la bulliciosa Françoise estuvo lejos de ser disciplinada. Rebelde, inquieta y poco amiga de las convenciones, fue expulsada del colegio durante la adolescencia. Y lejos de convertirse en un obstáculo, aquel episodio terminó acercándola definitivamente al mundo artístico. Su padre la introdujo en el doblaje y con apenas 10 años le puso su voz a la versión francesa de Heidi, film dirigido por Luigi Comencini. Paralelamente comenzó a estudiar en el Conservatorio Nacional Superior de Arte Dramático de París y perfeccionó su formación en danza clásica.
Y como sucede siempre con las divas espontáneas, su desembarco en el cine llegó casi por azar. Un fotógrafo le propuso realizar una producción de moda y aquellas imágenes terminaron en manos de un productor que le ofreció un pequeño papel. Debutó en 1960 en Lobos en el rebaño y, al mismo tiempo, comenzó a trabajar como modelo para Christian Dior.
Françoise era todo lo contrario a la imagen etérea que más tarde haría famosa a su hermana Catherine. Si la futura ex esposa de Marcello Mastroianni transmitía misterio y serenidad, Dorléac irradiaba movimiento, humor y energía arrolladora. Tenía un rostro anguloso, piel muy blanca, ojos delineados con gruesas líneas negras y una sonrisa luminosa que desarmaba cualquier solemnidad. Era rebelde, impulsiva y dueña de una personalidad magnética. “Quiero vestirme de forma que todos intenten vestirse como yo, pero no puedan lograrlo”, llegó a decir en la revista Paris Match. Esa frase resumía una personalidad tan libre como exigente.
Una promesa
En 1964 François Truffaut entendió que sus características eran las necesarias para su cine y le confió el personaje central de La piel suave, película que narraba la historia de un hombre casado atrapado por una pasión inesperada, mientras el propio director atravesaba una crisis matrimonial muy similar. La interpretación de Françoise fue celebrada incluso por quienes cuestionaron la película. Truffaut quedó fascinado por su inteligencia, su humor y su sensibilidad. Solía escribirle cartas dirigidas a “Mademoiselle Framboise Dorléac”, utilizando el apodo cariñoso (“Frambuesa”) con el que buscaba arrancarle una sonrisa incluso antes de que abriera el sobre.
El despegue definitivo llegó ese mismo año con El hombre de Río, la vibrante aventura dirigida por Philippe de Broca que la reunió con Jean-Paul Belmondo. La película, combinación de comedia, espionaje y acción, es considerada como una de las precursoras del cine de aventuras moderno y convirtió a Dorléac en una figura internacional. Mientras Belmondo realizaba personalmente las escenas de riesgo, Françoise aportaba el equilibrio perfecto entre sofisticación y espontaneidad. Su personaje nunca era una simple acompañante del héroe; tenía iniciativa, inteligencia y un encanto contagioso que la cámara parecía perseguir con devoción.
Por aquellos años, la Nouvelle Vague había revolucionado la forma de filmar y Françoise Dorléac encajaba naturalmente en ese universo. Un paradigma que iniciaba y que la tenía como bandera revolucionaria. Las cámaras abandonaban los estudios para salir a las calles, los personajes parecían más reales que heroicos y los directores buscaban actores capaces de transmitir verdad antes que perfección.
Así, sus trabajos, primero con Truffaut y luego con De Broca, la convirtieron en una de las grandes revelaciones del cine europeo. El mundo comenzó a interesarse por ella y las ofertas internacionales empezaron a multiplicarse. Llegaron films como Genghis Khan (1965) junto a Omar Sharif, ¿Dónde están los espías? (1965) con David Niven, y poco después Roman Polanski la convocó para Callejón sin salida (1966), rodaje recordado por sus protagonistas como “extremadamente duro”.
En el documental Françoise Dorléac, une promesse, estrenado en 2018, Polanski evoca una escena en la que el actor Lionel Stander debía golpearla con un cinturón sobre el suelo de piedra de un antiguo castillo. Las heridas fueron reales. La hebilla llegó a lastimarla y el actor terminó disculpándose frente a todo el equipo. En otra secuencia, la actriz debía salir desnuda del mar en pleno invierno inglés. El director, obsesionado con terminar la toma, no advirtió que Dorléac sufría un principio de hipotermia. “Todo el equipo terminó rebelándose contra mí como si fuera un verdugo”, admitió. Por su parte, Françoise jamás ocultó aquellas dificultades. “Polanski es muy duro, probablemente una de las personas más difíciles con las que trabajé. Pero el resultado es extraordinario y vale la pena”, declaró al finalizar la filmación.
El propio director también dejó un retrato revelador de su personalidad. Decía que Françoise era imprevisible, impulsiva y divertida. Recordaba entre risas que perseguía a los gallos con una escoba para defender a las gallinas porque “era feminista incluso cuando se trataba de aves de corral”. También evocaba con humor el caos provocado por su diminuto chihuahua llamado Jadérane, al que la actriz ingresó clandestinamente en Inglaterra escondido dentro de un bolso, evadiendo toda norma sanitaria británica.
Su consagración definitiva llegaría en 1967 con Las señoritas de Rochefort. Jacques Demy reunió por única vez a las dos hermanas como protagonistas de un musical inolvidable, acompañado por la música de Michel Legrand y la presencia de Gene Kelly. Catherine interpretaba a la soñadora Delphine, Françoise le daba vida a una apasionada, extrovertida y vital Solange, personaje que parecía prolongar su propia personalidad. Y pese a que la prensa buscaba rivalizarlas, la complicidad era auténtica. “Ninguna película vale más que nuestra amistad”, repetía Françoise en cada entrevista.
Por su parte, Billion Dollar Brain, dirigida por Ken Russell y protagonizada por Michael Caine, sería su última película. Nadie imaginaría que también sería el último registro de una actriz que apenas comenzaba a descubrir la verdadera dimensión de su talento.
Fuera de los estudios también era un ícono. Sus fotografías ocupaban las portadas de revistas como Elle, Marie Claire, Cinémonde o Télé 7 Jours. Marcaba tendencias con la misma naturalidad con la que interpretaba sus personajes. Alternaba vestidos de Dior con trajes de Chanel, llevaba el cabello apenas despeinado y defendía una elegancia espontánea que la convirtió en una referencia de la moda francesa. Françoise en los comienzos de los 60, era un ícono de libertad femenina. Admirada y criticada por lo que representaba y despertaba en sus admiradoras.
“Inolvidable”
Su vida sentimental fue tan intensa como breve. Compartió romances con Jean-Pierre Cassel (padre del actor Vincent Cassel), Guy Bedos y Truffaut, aunque quienes la conocieron coincidían en que su verdadera pasión era el cine. En apenas siete años filmó 20 películas y dejó la impresión de una actriz en permanente evolución, capaz de combinar sofisticación, ironía y una sorprendente libertad interpretativa.
Todo parecía indicar que el futuro le pertenecía; sin embargo, sucedió la peor escena jamás pensada. El 26 de junio de 1967, la protagonista de Esta noche o nunca conducía un Renault 10 alquilado, desde Saint-Tropez hasta el aeropuerto de Niza. Debía viajar a Londres para asistir al estreno de Las señoritas de Rochefort, completar escenas con Michael Caine de Billion Dollar Brain, y realizar nuevas pruebas para futuras producciones. Había llovido, la autopista estaba resbaladiza y el tiempo comenzaba a jugarle en contra. A pocos kilómetros del aeropuerto, cuando faltaban apenas 15 minutos para que su avión partiera, advirtió demasiado tarde la salida hacia Villeneuve-Loubet. Intentó corregir la trayectoria. El automóvil derrapó, cruzó la calzada y se estrelló violentamente contra un poste de hormigón que señalizaba la salida de la autopista. El coche se incendió de inmediato.
Roger Giuliano, el conductor del auto al que ella pasó y circulaba detrás, intentó auxiliarla. “Vi a aquella joven luchando desesperadamente por abrir la puerta. Nuestras miradas se cruzaron. Quise ayudarla, pero el fuego era imposible de vencer”, recordaría años más tarde en una entrevista televisiva. Los bomberos tardaron más de dos horas en recuperar el cuerpo, que solo pudo ser identificado mediante fragmentos de su agenda y su permiso de conducir.
La noticia conmocionó a Francia y a todo el mundo del espectáculo. Truffaut escribió un sentido mensaje: “Su encanto, su inteligencia, su gracia y su increíble fuerza moral la hacían inolvidable”. Catherine Deneuve tardó casi 30 años en encontrar las palabras para hablar públicamente de su recordada hermana. En 1996 publicó, junto con Patrick Modiano, Elle s’appelait Françoise, un libro donde definió su muerte como “la tragedia más grande” de su vida. Más tarde llegarían un documental homónimo dirigido por Anne Andreu y Mathias Ledoux y, en 2024, el ensayo Framboise, del periodista Aurélien Ferenczi. Todas pruebas de que su figura, incluso hoy, continúa despertando admiración.
Desde entonces, la historia del cine francés quedó inevitablemente atravesada por una pregunta imposible de responder: ¿Hasta dónde hubiese llegado la bella e inquietante Françoise Dorléac si aquella mañana hubiera conseguido tomar su avión hacia Londres?
