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Existe una creencia muy difundida en los hogares argentinos sobre la conservación de los lácteos, particularmente el uso extendido del papel film o el aluminio para proteger los quesos dentro de la heladera. Sin embargo, los expertos en gastronomía y conservación de alimentos advierten que estas prácticas, lejos de prolongar la vida útil del producto, resultan perjudiciales para su calidad final. La razón principal reside en que estos materiales impiden que el queso respire, un proceso vital para mantener su textura y, sobre todo, su sabor intacto. Al quedar sellado herméticamente con plástico, el queso se asfixia, lo cual provoca que su perfil sensorial se altere drásticamente, haciendo que pierda sus cualidades originales.
El uso de film plástico no solo favorece una condensación excesiva de humedad, sino que acelera la aparición de hongos no deseados sobre la superficie del alimento. Al no permitir la circulación de aire, el entorno se vuelve propicio para el desarrollo de microorganismos que degradan el queso antes de tiempo. Frente a esto, los especialistas sugieren una alternativa mucho más efectiva y natural: el papel pergamino o papel de horno. Este material permite una protección adecuada al tiempo que facilita una microoxigenación indispensable para que el producto mantenga su frescura, aroma y nutrientes esenciales. En caso de requerir una seguridad adicional para evitar que otros olores de la heladera contaminen el queso, lo ideal es colocar el trozo ya envuelto en papel dentro de un recipiente con tapa, pero dejar siempre un pequeño resquicio para que el aire pueda circular suavemente.

Esta técnica de conservación es especialmente recomendada para quesos semiduros o semicurados, como el gouda, el cheddar y el parmesano, los cuales poseen una estructura que requiere estabilidad térmica y niveles de humedad controlados. Un detalle fundamental que destacan los expertos es la importancia de envolver el producto inmediatamente después de cada corte, ya que el contacto prolongado con el aire seco de la heladera provoca que el queso pierda su hidratación interna y comience a resecarse, perdiendo así su textura característica. Asimismo, se debe evitar a toda costa la proximidad con alimentos de aromas intensos, como el pescado o la cebolla, debido a que el queso actúa como una esponja natural que absorbe olores ajenos con gran facilidad.
Más allá de las técnicas de guardado, cabe recordar que el queso es un alimento altamente nutritivo, asociado a procesos cerebrales que favorecen la memoria. No obstante, los especialistas recomiendan priorizar opciones naturales con escasos aditivos, tales como la ricota, el cottage o la mozzarella fresca. Para mantener una dieta equilibrada, el consumo diario aconsejado oscila entre los 30 y 40 gramos, lo que equivale a una rebanada pequeña o un puñado de cubos, evitando que este alimento calórico se convierta en el ingrediente principal de la comida. Integrar el queso como un complemento y acompañarlo siempre con alimentos saludables es la clave para disfrutar de sus beneficios sin comprometer la salud cardiovascular.
Este contenido fue producido por un equipo de LA NACION con la asistencia de la IA



