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OPINIÓN

El poder que ya no intimida

Los últimos conflictos bélicos en el mundo muestran que países más débiles desafían a los más fuertes, y dejan una misma lección: destruir no es lo mismo que gobernar, y la demostración de fuerza no siempre se traduce en autoridad política

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Un helicóptero MH-60S Sea Hawk sobre el portaaviones USS Carl Vinson mientras operaba en Medio Oriente, el 12 de abril de 2025
Un helicóptero MH-60S Sea Hawk sobre el portaaviones USS Carl Vinson mientras operaba en Medio Oriente, el 12 de abril de 2025Petty Officer 3rd Class Nathan Jordan
Rodrigo Miguel
Por Rodrigo MiguelPARA LA NACION
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¿Por qué la capacidad de destruir dejó de garantizar obediencia?

Hay algo extraño en el mundo actual: actores mucho más débiles desafían públicamente a actores infinitamente más fuertes.

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Hace unos días volvió a repetirse una escena que ya no sorprende, aunque debería. Mientras crecían las tensiones en Medio Oriente, dirigentes iraníes insistían públicamente en que no negociarían desde una posición de debilidad. La frase pasó rápido entre declaraciones, análisis y titulares, como tantas otras dentro del lenguaje habitual de la diplomacia contemporánea. Pero encierra algo que merece detenerse un momento.

Irán sabe perfectamente a quién tiene enfrente. No enfrenta a una potencia regional ni a un rival comparable. Enfrenta al país con mayor capacidad militar acumulada de la historia contemporánea. Estados Unidos conserva una superioridad naval, aérea, tecnológica, satelital y logística difícil de exagerar. Tiene una capacidad de proyectar fuerza a escala global que ningún imperio histórico tuvo jamás. Y, sin embargo, Teherán no habla como lo haría un país dominado por el miedo.

Ese dato, más que militar, parece psicológico. La pregunta aparece sola: ¿qué cambió para que el más fuerte ya no intimide del mismo modo?

La respuesta fácil sería decir que las grandes potencias dejaron de ser poderosas. Pero basta mirar el mundo para entender que eso no ocurrió. Estados Unidos sigue siendo extraordinariamente fuerte. China acelera su expansión militar. Rusia conserva uno de los mayores arsenales nucleares del planeta.

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La fuerza no desapareció.

El problema parece estar en otro lado: la relación entre fuerza y obediencia.

Una columna de humo negro se observa sobre el puerto de San Petersburgo, Rusia, el 3 de junio, tras un ataque con drones ucranianos.
Una columna de humo negro se observa sobre el puerto de San Petersburgo, Rusia, el 3 de junio, tras un ataque con drones ucranianos. AP

Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, gran parte del mundo imaginó una guerra breve. Moscú tenía más población, más territorio, más aviación, más artillería, más profundidad estratégica y una superioridad militar que parecía suficiente para quebrar rápidamente la voluntad política ucraniana. Sin embargo, ocurrió algo distinto. Ucrania no necesitó ser más fuerte que Rusia. Le alcanzó con resistir, ganar tiempo, elevar los costos y evitar que la superioridad militar rusa se transformara en obediencia política. La guerra todavía continúa, pero incluso antes de saber cómo terminará dejó una lección: destruir no es lo mismo que gobernar.

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Algo parecido aparece, con otra escala y otra forma, en Asia. China observa desde hace décadas una isla que considera parte inseparable de su territorio. La diferencia de poder entre ambos lados del estrecho parece tan evidente que, vista desde afuera, uno podría preguntarse por qué el problema sigue abierto.

Pero justamente ahí aparece el punto.

El problema nunca fue solamente entrar al territorio. El problema siempre fue si una demostración de fuerza podía convertirse después en autoridad política.

Un caza Mirage 2000 de Taiwán, pasa junto a un hangar en una base aérea en Hsinchu, en el norte de Taiwán
Un caza Mirage 2000 de Taiwán, pasa junto a un hangar en una base aérea en Hsinchu, en el norte de TaiwánChiang Ying-ying - AP
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Luego aparecen preguntas mucho menos espectaculares y más difíciles de responder: escalada, mercados, sanciones, administración, legitimidad y costo político.

Taiwán sigue existiendo no porque sea más fuerte que China, sino porque incluso una potencia enormemente superior se pregunta si convertir capacidad militar en control político no tendría un precio demasiado alto.

Hay un ejemplo todavía más pequeño y, quizás por eso mismo, más revelador. Durante meses, los hutíes en Yemen lograron alterar una de las rutas comerciales más sensibles del planeta. No derrotaron militarmente a ninguna potencia, no controlaron el mar y no conquistaron territorio. Pero introdujeron incertidumbre, obligaron a recalcular y demostraron que incluso una superioridad militar aplastante no siempre se traduce automáticamente en control del comportamiento ajeno.

Los casos son distintos, pero apuntan al mismo fenómeno. Durante siglos, el poder descansó tanto en la capacidad de destruir como en la reputación de estar dispuesto a hacerlo. No hacía falta utilizar toda la fuerza disponible: alcanzaba con que nadie dudara demasiado sobre su utilización. Los imperios antiguos entendían algo simple: el castigo excepcional podía producir acatamiento cotidiano.

Hoy esa relación parece más compleja. No porque las grandes potencias se hayan vuelto débiles ni porque el mundo se haya vuelto más moral, sino porque el poder contemporáneo opera dentro de restricciones que los imperios antiguos apenas conocían: mercados financieros, opinión pública, alianzas, interdependencia económica, riesgo nuclear, legitimidad y una pregunta que Roma rara vez debía responder: qué hacer con el día después.

Ese límite altera algo más profundo que la estrategia. Altera la psicología del sistema internacional. Durante siglos el cálculo era relativamente simple: si desafiamos al más fuerte, seremos destruidos. Hoy empieza a aparecer otro razonamiento, más silencioso y quizás más decisivo: el más fuerte puede destruirnos, pero probablemente no pueda hacerlo sin pagar un precio demasiado alto.

Ese matiz cambia todo. Porque el problema ya no es la capacidad de destruir, sino el costo de hacerlo.

El límite del poder contemporáneo no parece ser la fuerza disponible, sino las consecuencias de utilizarla. Esto no vuelve deseable el uso de la fuerza ni convierte la destrucción en una solución política. Al contrario: muestra sus límites.

Cuando esa duda aparece, cambia la naturaleza misma del poder. La amenaza deja de parecer inevitable. Y cuando deja de parecer inevitable, pierde parte de su capacidad de intimidar.

Eso no significa que el poder haya desaparecido, ni que la fuerza haya dejado de importar, ni mucho menos que el mundo se haya vuelto más pacífico. Significa algo más complejo: que la superioridad militar, por abrumadora que sea, ya no alcanza por sí sola para producir obediencia política. El poder moderno necesita algo más difícil que destruir: transformar fuerza en autoridad, convertir capacidad militar en resultado político y producir efectos políticos duraderos sin convertir la fuerza en pura devastación.

Porque incluso cuando una potencia destruye, queda abierta la pregunta decisiva: si esa destrucción produce obediencia.

Los gigantes siguen siendo gigantes. Lo que cambió no fue su fuerza, sino la percepción sobre el costo de ejercerla.

El poder real existe, pero nunca es absoluto. Y cuando pretende serlo, deja de gobernar: empieza a destruir.

Rodrigo Miguel
Por Rodrigo MiguelPARA LA NACION

Abogado y escritor

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