
Los Milei cambian inspirados por Menem

“El león no puede protegerse de las trampas, y el zorro no puede defenderse de los lobos”, advertía famosamente Nicolás Maquiavelo: el realismo político y la buena gobernanza se basan en la flexibilidad y en la adaptación a la cambiante coyuntura y al contexto histórico; la rigidez ideológica, por el contrario, enceguece y cristaliza al gobernante, y entonces el fanatismo que erróneamente alienta se vuelve un salitre del liderazgo, una paradójica emboscada mortal: “Hay que ser un zorro para reconocer las trampas y un león para ahuyentar a los lobos”, concluía el teórico florentino aludiendo al buen arte de esa dualidad.
En este nuevo ciclo abierto por Karina, no se trata de hacer un macrismo sin Macri, sino un menemismo sin Perón
Es realmente una lástima que nuestro león -después de matar a Keynes- se haya empecinado en ejecutar también a Maquiavelo, porque sus célebres observaciones le permitirían explicar la idea central que anima a su hermana para reconfigurar por completo la praxis del gobierno libertario. No significa necesariamente que Karina haya leído El Príncipe, pero su triunfo interno sobre Santiago Caputo -enamorado de la figura del outsider, de la “pureza” algo sectaria de sus militancias digitales y del uso indiscriminado de la agresividad-, ratifica el hecho innegable de que se avanza a tambor batiente hacia una suerte de neomenismo. Rodeada de los actores políticos más activos de la familia Menem, sabiendo que su proyecto aluvional está embarazado de massismo, comprendiendo que la lógica de los nuevos derechistas globales es un populismo de derecha, entendiendo que el León intimidó con sus rugidos pero cayó en todas las trampas y aceptando que los dirigentes más colaborativos de Pro -sacando a algunos tecnócratas del capitalismo financiero- han sido precisamente los zorros peronistas del partido de Mauricio Macri, la secretaria general de la Presidencia le acaba de entregar el gran timón a Diego Santilli.
A Milei nunca lo sedujo convertirse en Macri, sino en ser un nuevo Menem
El Colorado y su socio y camarada Cristian Ritondo son dos exmenemistas que compartieron militancia con aquella otra Patricia Bullrich, peronista actitudinal y acompañante entusiasta del modelo de los noventa. Los tres zorros, con olfato peronista y sin miedo al cambio de piel, presumen que el violeta es más negocio que el amarillo, y actúan en consecuencia. Es por eso que, en este nuevo ciclo abierto por Karina, no se trata de hacer un macrismo sin Macri, sino un menemismo sin Perón. Con perdón del trabalenguas: recordemos aquí que el menemismo fue (“a Menem lo vemos rubio y de ojos azules”) el justicialismo más tolerado por los sectores antiperonistas, y que los Kirchner -también súbditos en su momento del líder de Anillaco- intentaron ulteriormente sacarlo de la saga histórica oficial del Movimiento demonizándolo bajo aquel insulto galvanizador: “neoliberal”. El gobierno de Cambiemos, para los libertarios, es siempre un mal ejemplo; la era de la convertibilidad, un modelo virtuoso a copiar. A Milei nunca lo sedujo convertirse en Macri, sino en ser un nuevo Menem: antes de asumir, taladraba el oído de un notorio gremialista que había sido amigo y colaborador del riojano; al Topo lo obsesionaba saber los secretos de la muñeca política del padre de Zulemita. Ya en el poder, adulado por su singularidad antipolítica (la historia empieza conmigo) y por la eficiencia notoria del Mago del Kremlin, fue olvidando aquellas enseñanzas. Su hermana, después de su fallido empeño por jugarse un pleno al “violeta puro”, fue más consecuente, y los resultados de las elecciones de medio término le dieron algo de razón. Los sinsabores de estos ocho meses de administración, cuando se pegaron varios tiros en los pies, y sobre todo la inminencia de una campaña electoral que en materia política debe abrazar más el pragmatismo que el dogma, acabaron con todos los esnobismos y divagues de superioridad fundacional: la necesidad tiene cara de hereje, la “batalla cultural” no mueve el amperímetro, ya no es verosímil el discurso anticasta y hay que defender las reformas con el concurso de los más profesionales. Santilli no solo viene a comandar el Estado y a intentar cambiarle el talante a la gestión (“vamos a pacificar la política”), sino a desplegar discretamente una “rosca” que garantice la reelección, aunque sin abandonar por supuesto el rumbo económico ultraliberal ni las relaciones carnales: esta semana Milei fue celebrar en la embajada de los Estados Unidos la independencia norteamericana y la dependencia salvadora de Trump. Más menemista imposible.
Ya no es verosímil el discurso anticasta y hay que defender las reformas con el concurso de los más profesionales
Todos estos movimientos y reencarnaciones, en los que hay continuidad y hay ruptura, se suceden en un escenario donde el desgaste del león que cayó en todas las trampas redundó en una merma de la confianza en el oficialismo, pero también en una creciente impotencia de la oposición. El politólogo José Natanson, director de Le Monde Diplomatique, lo explica de este modo: “El peronismo está en una etapa malísima, inexplicable para la sociedad, donde le dejan las pelotas frente al arco sin arquero y no convierte. No logra situarse en el corazón del problema social de la Argentina”. Natanson avanza sobre el futuro y dice: “Derecha unificada con dólar bajo e inflación controlada, por más que haya ajuste, mora y pobreza, es un adversario muy difícil: lo demostró Menem”. Es obvio que el antikirchnerismo sigue siendo el partido mayoritario y que incluso la figura de Axel Kicillof persuade a los más republicanos de taparse la nariz y darle una segunda oportunidad a Milei. Es bueno aclarar, sin embargo, que la dirigencia de esa “derecha unificada” (si es que se puede unificar) no representa cabalmente a un electorado tan amplio, donde hay socialdemócratas, socialcristianos, liberales institucionalistas, peronistas verdaderamente republicanos, desarrollistas y librepensadores. Se produce aquí algo similar, aunque de sesgo contrario, a lo que alguna vez ocurrió con otro gran partido: Pablo Gerchunoff observa que aun los dirigentes más democráticos de la UCR tenían una nostalgia por el movimientismo nacional y popular de Yrigoyen: “El votante nunca terminó de sentirse expresado por el radicalismo en forma satisfactoria y plena -dice el historiador-. Hubo una suerte de incomodidad mutua durante décadas”. La derechización mileísta es una fatalidad equivalente para un vasto segmento que debe aceptarlo “con tal de que no vuelva el chavismo”. Los “ñoños republicanos”, las Mabeles y los Raúles de la siempre castigada clase media, padecen esa incomodidad, se sienten por momentos ajenos a todo y rehenes horrorizados de ese extremismo. Tampoco están seguros de que termine bien esta ortodoxia inaprensiva, presuntamente hecha en nombre de los libros de Schumpeter y su teoría de la destrucción creadora -un darwinismo donde no importa, entre otras cosas, que cierren en la Argentina cuarenta empresas por día- y con una importación indiscriminada que les recuerda la “plata dulce”. Imagino lo que pensarán esta semana al leer que la Unión Europea fijará un arancel de 3 euros contra los productos baratos chinos -la “tasa Shein”- para proteger su industria. Los libertarios les dirán que los europeos son decadentes y zurditos, y los republicanos tragarán saliva y sapos. Leones, zorros, lobos y sapos. El zoológico argento.




