Cómo los implantes cerebrales experimentales transformaron la vida de un paciente con ELA en su hogar
Las nuevas interfaces cerebro-computadora devuelven la voz a las personas paralizadas
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WASHINGTON.- Durante los últimos seis años, la vida de Casey Harrell se sintió como un accidente automovilístico en cámara lenta. A los 42 años comenzó a perder la voz debido a la enfermedad neurodegenerativa ELA, o esclerosis lateral amiotrófica. Su mundo se redujo a medida que su capacidad para cantarle a su hija pequeña, hacer una presentación en el trabajo o contar un chiste se erosionaba.
Tres años después, investigadores de la Universidad de California en Davis colocaron implantes experimentales en su cerebro. Logró algo increíble: “La capacidad de hablar desde mi cerebro”, escribió Harrell en un correo electrónico.
Durante varios años, Harrell fue conocido en la literatura científica como “T15”, un participante del ensayo clínico BrainGate2, de larga duración y financiado con fondos federales. Como pionero en el campo incipiente de las interfaces cerebro-computadora, Harrell pasó horas con investigadores expertos, quienes registran cuidadosamente el habla notablemente fluida que puede generar con su mente.
En un estudio publicado el lunes en Nature Medicine, los investigadores miran más allá de las interacciones estructuradas de las visitas de investigación para mostrar cómo la tecnología transformó la vida de Harrell fuera del horario de estudio.
“Obviamente, recuperar más capacidad de comunicación fue pura euforia”, dijo Harrell en un correo electrónico. Señaló que las tecnologías anteriores que permiten comunicarse a las personas paralizadas son mucho más torpes, limitadas a los “conceptos básicos funcionales”.

“No tenés suficiente velocidad para hacer nada elaborado, como contar una historia o un chiste. Solo los hechos”, dijo Harrell. “Ya no formo parte de la conversación con otras tecnologías, pero con este decodificador, ¡yo soy la conversación!”.
Es su esposa, Levana Saxon, quien retira las tapas del puerto montado en su cráneo y lo conecta a un sistema informático en un carrito. Los cables no son ideales; el objetivo de los desarrolladores es un sistema verdaderamente inalámbrico. Pero le dan a Harrell la libertad de hacer FaceTime con un amigo, iniciar sesión en una reunión para continuar su trabajo como activista por el clima y los derechos de las personas con discapacidad o charlar con su hija de siete años.
Durante casi dos años, Harrell usó el dispositivo en su casa durante más de 3800 horas, generando 183.060 frases, o 1.960.163 palabras, a un ritmo constante de 56 palabras por minuto, informó el equipo de investigación.
Las interfaces cerebro-computadora siguen siendo experimentales y algunas están en desarrollo comercial por empresas de biotecnología como Neuralink y Paradromics. La tecnología evolucionó con el tiempo, pero en el cerebro de Harrell hay cuatro pequeños dispositivos implantados que registran las señales cerebrales y luego son analizados por inteligencia artificial para decodificar esas señales en texto y, eventualmente, en voz. También puede mover un cursor y hacer clic.
“Es un paso significativo, un gran salto, básicamente”, al demostrar la funcionalidad del sistema durante el uso regular en el hogar, dijo Mariska van Steensel, investigadora de interfaces cerebro-computadora en el Centro Médico Universitario de Utrecht en los Países Bajos, quien no participó en el nuevo trabajo.
Su equipo informó anteriormente en el New England Journal of Medicine un estudio de caso de una mujer con ELA que usó un implante cerebral con capacidades más limitadas para la comunicación durante siete años en su hogar. Ese sistema utilizaba clics del mouse controlados por sus señales cerebrales para deletrear palabras y llamar a un cuidador.
Los estudios de interfaces cerebro-computadora a menudo se basan en datos recopilados en el contexto de sesiones de investigación enfocadas. Producen datos sobre las capacidades técnicas, la tasa de error, la velocidad, la precisión y la fluidez de la comunicación.
El nuevo estudio muestra el poder de la tecnología una vez liberada en la vida de una persona. Harrell puede contar chistes, reproducir efectos de sonido humorísticos de “trombón triste” en momentos clave y mantenerse conectado con su familia, su trabajo y su entorno.
Es un paso hacia lo que el campo necesita demostrar para ir más allá de las demostraciones de investigación.
“Nuestra tecnología llegó a un punto en el que realmente está en un punto de inflexión”, dijo David Brandman, neurocirujano de la Universidad de California en Davis y uno de los autores del artículo. “Hasta ahora, diríamos que la mayoría de las cosas en las interfaces cerebro-computadora fueron demostraciones científicas aisladas: podemos ir a la casa de alguien y hacer esto. Creo que el verdadero avance de esta tecnología es que ya no necesitás un grupo de científicos e ingenieros para implementarla”.
Cuando Harrell reflexiona sobre su vida antes de la ELA, la llama “los tiempos de antes, una vida desviada”. Era corredor y ciclista y había convertido su sótano en un gimnasio personal.
Recuperar su voz le permitió compartir las tareas de crianza con su esposa y mostrar más empatía y emoción. Pero espera que siga mejorando. Dijo que su lista de deseos incluye un sistema que sea verdaderamente portátil e inalámbrico, en lugar de requerir que esté conectado a un equipo montado en un carrito.
El sistema actual convierte sus señales cerebrales en texto y luego en voz. Pasar directamente de cerebro a voz, dijo, sería aún más poderoso.
“Eso permitiría una comunicación verdaderamente instantánea”, dijo Harrell. “Permitiendo que las personas que tienen una necesidad médica, como yo, vuelvan a integrarse a la conversación”.
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