Los hábitos de la mediana edad que podrían determinar la salud del cerebro a largo plazo
Los investigadores creen cada vez más que los 40, 50 y 60 años representan una ventana crítica para proteger la salud cognitiva en etapas posteriores de la vida
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WASHINGTON.- El trabajo de toda la vida de la neurocientífica Miia Kivipelto consistió en prevenir la demencia. Ahora, a sus 52 años, empezó a pensar más en su propia vulnerabilidad.
“La mediana edad es el momento”, dijo Kivipelto, que recientemente se unió a la Escuela de Enfermería de Yale como directora inaugural de su Centro para un Envejecimiento Saludable en New Haven, Connecticut. “Es la última gran oportunidad para reducir el riesgo”.
La idea de que la prevención de la demencia puede depender de lo que las personas hagan entre los 30 y los 60 años está cambiando rápidamente la perspectiva. Los científicos creen cada vez más que la enfermedad no solo depende de cambios en el cerebro que envejece, sino también de años de estrés metabólico, inflamación y daño vascular que se acumulan en todo el cuerpo. Muchos investigadores piensan ahora que el proceso biológico que conduce a la demencia comienza 15 a 20 años antes de que surjan los primeros problemas de memoria. Para cuando los síntomas se vuelven notables, es probable que la enfermedad ya esté bien instalada.
Los neurocientíficos ven ahora la mediana edad como una ventana crítica en la que el cerebro se vuelve especialmente vulnerable al envejecimiento, pero también más receptivo a la intervención.
Las implicancias son importantes: los hábitos cotidianos de la mediana edad pueden importar mucho más de lo que se creía y el deterioro cognitivo podría, así, no ser inevitable.
El año pasado, un gran estudio en JAMA Network Open descubrió que las personas que se mantuvieron físicamente activas durante la mediana edad tenían un riesgo entre un 40% y un 45% menor de padecer demencia más adelante en la vida. Un metaanálisis de más de 3 millones de personas publicado en abril en PLOS One encontró que las mayores reducciones en el riesgo de demencia provenían de cómo se comportaban las personas en la mediana edad y estaban asociadas con dormir de siete a ocho horas, al menos 150 minutos de actividad aeróbica a la semana y menos de ocho horas sedentarias al día.
En conjunto, los hallazgos sugieren un nuevo camino para abordar un problema social creciente. Más de 57 millones de personas en todo el mundo viven con demencia y los investigadores predicen que esa cifra casi se triplicará a más de 150 millones para 2050, según estimaciones publicadas en The Lancet Public Health. Los científicos estiman ahora que aproximadamente el 45% de los casos podrían retrasarse o prevenirse mediante cambios en factores de riesgo modificables.

“Cuanto más joven sos, mayor es el beneficio en términos de estos comportamientos y de reducir tu riesgo”, dijo Akinkunle Oye-Somefun, investigador asociado en la Universidad de York en Toronto y coautor del estudio de PLOS One.
Los investigadores destacan, sin embargo, que el mensaje no es que la prevención termine después de que las personas cumplen 70 años. Si bien la evidencia sugiere que los mayores beneficios pueden provenir de los cambios realizados en la mediana edad, los estudios también indican que el ejercicio, el sueño, la interacción social y otros hábitos saludables pueden ayudar a mantener la salud cerebral hasta bien entrados los 70 y 80 años.
Cambios cerebrales en la mediana edad
Durante gran parte del siglo XX, los científicos pensaron que el desarrollo cerebral seguía un patrón relativamente fijo: crecimiento rápido en la infancia, estabilidad en la edad adulta y declive gradual con la edad. El cerebro adulto se consideraba en gran medida estático, con una capacidad limitada para reorganizarse más adelante en la vida.
Pero en un estudio de 2024 de la Universidad de Stanford, los investigadores encontraron grandes cambios en las proteínas vinculadas al metabolismo, la función inmunológica y la salud cardiovascular agrupados alrededor de los 40 y principios de los 60 años. Debido a que estos sistemas ayudan a regular el flujo sanguíneo, la inflamación y el suministro de energía al cerebro, los cambios en ellos también pueden influir en la función cognitiva y en la salud cerebral general a medida que las personas envejecen. En noviembre, un equipo de investigación diferente encontró cuatro puntos de inflexión en los cambios cerebrales, incluidas las edades de 32 y 66 años.
Eso significa que los últimos grandes momentos de crecimiento cerebral pueden terminar a medida que cierra la mediana edad, dicen los investigadores, y que hábitos como el mal sueño, la inactividad y el estrés crónico pueden estar pasando factura.
Ahmad Hariri, profesor de psicología y neurociencia en la Universidad de Duke, dijo que esa idea realmente caló hondo en el último año con los resultados “abrumadoramente decepcionantes” de varios tratamientos para el Alzheimer en adultos mayores, incluidos los GLP-1 y algunos medicamentos dirigidos a los amiloides, o placas, que se acumulan en el cerebro.
“Parece que si esperás hasta una edad avanzada para intervenir es demasiado tarde; el daño que se hizo es realmente irreversible”, afirmó. “Eso naturalmente corre el foco hacia la mediana edad”.
Hariri cree que los futuros escaneos cerebrales y análisis de sangre identificarán a las personas cuyos cerebros están envejeciendo inusualmente rápido. El objetivo, sostuvo, no es simplemente predecir el deterioro, sino cambiar el rumbo mientras todavía hay tiempo.
Por ejemplo, si alguien de 54 años –la edad de Hariri– se entera de que su cerebro está envejeciendo más rápido que el de la mayoría de las personas de su edad, podría servir como una poderosa llamada de atención, dijo.
“Al compartir con las personas que su envejecimiento biológico está en el percentil 80 o 90”, continuó, “eso podría ser una fuerte motivación para que ese paciente se comprometa con estos cambios en el estilo de vida”.

Los tres grandes: dieta, ejercicio y sueño
Entonces, ¿cómo podría ser una estrategia para un envejecimiento cerebral más saludable? Tres factores –dieta, ejercicio y sueño– concentraron gran parte de la atención en los últimos años.
El año pasado, un estudio de 30 años que involucró a 100.000 personas encontró que los adultos que siguen dietas ricas en alimentos de origen vegetal y comen menos alimentos ultraprocesados durante sus 40, 50 y 60 años no solo tienen una mayor probabilidad de llegar a su cumpleaños número 70 libres de enfermedades crónicas importantes, sino que también siguen funcionando normalmente en pruebas cognitivas y sin depresión.
El ejercicio, según muestran los estudios de neuroimagen, puede ayudar a preservar las regiones involucradas en la memoria y la función ejecutiva, ralentizando algunas formas de encogimiento relacionadas con la edad. Cada vez más, los científicos describen el ejercicio no simplemente como un comportamiento saludable, sino como una forma de mantenimiento neurológico.
Los científicos creen que el sueño en la mediana edad puede determinar qué tan eficazmente el cerebro elimina las proteínas de desecho asociadas con la enfermedad de Alzheimer. Durante el sueño profundo, el cerebro atraviesa una especie de limpieza nocturna. La interrupción crónica del sueño, sospechan los investigadores, puede afectar ese proceso años antes de que surjan los síntomas cognitivos.
Sin embargo, esos factores físicos son solo una parte de la ecuación.
Desafío y novedad
Los científicos creen cada vez más que el cerebro florece cuando se lo impulsa a aprender, adaptarse y explorar nuevas experiencias. El hallazgo se alinea con la teoría de la reserva cognitiva: la idea de que la estimulación mental ayuda al cerebro a desarrollar resiliencia frente al deterioro relacionado con la edad al fortalecer conexiones neuronales alternativas.
Aprender un idioma, dominar un instrumento o comenzar un pasatiempo nuevo –especialmente uno creativo– puede ayudar a desarrollar esa resiliencia a lo largo de décadas. De hecho, un estudio publicado en marzo en Neurology encontró que las personas con niveles más altos de lo que los investigadores llamaron “enriquecimiento cognitivo” –participar en actividades como leer, escribir o visitar museos– desarrollaron Alzheimer cinco años más tarde que aquellos con niveles más bajos.
Esto significa que el cerebro también puede ser menos resiliente cuando las personas envejecen solas. Las conversaciones, las amistades y las actividades grupales imponen demandas constantes a la memoria, la atención, el procesamiento emocional y el lenguaje: una especie de ejercicio cerebral completo que no puede darse en aislamiento.
Quizá lo más alentador es que muchos de los factores vinculados a la demencia pueden reducirse. Un informe de 2024 de la Comisión Lancet identificó 14 factores de riesgo modificables a lo largo de la vida y destacó 10 como relevantes para la mediana edad.
Algunos factores representan un riesgo mayor que otros. La Comisión Lancet estimó que el colesterol LDL alto y la pérdida auditiva representan cada uno aproximadamente el 7% de los casos de demencia en todo el mundo, mientras que la depresión y la lesión cerebral traumática representan cada una alrededor del 3%. La inactividad física, la diabetes, el tabaquismo y la hipertensión se vincularon cada uno con alrededor del 2% de los casos, y la obesidad y el consumo excesivo de alcohol contribuyeron con un 1%.

El riesgo de una científica
Kivipelto se interesó por la investigación de la demencia después de ver a su abuela atravesarla. Cuando era adolescente, notó que su abuela, que vivía con la familia, había comenzado a esconder objetos y a olvidar cosas.
Cuando Kivipelto ingresó a las neurociencias hace unos 30 años, pocos investigadores creían que los factores de salud en otras partes del cuerpo pudieran influir en el riesgo de demencia. Uno de sus primeros artículos, publicado en 2001 en el BMJ, vinculó la presión arterial alta y el colesterol con el riesgo de Alzheimer más adelante en la vida. Varias revistas lo rechazaron al principio.
“Había mucho escepticismo en ese momento”, recordó. Pero tenía razón.
Kivipelto se hizo ampliamente conocida por liderar el ensayo FINGER. Fue uno de los primeros grandes estudios en mostrar que una combinación de ejercicio, dieta más saludable, entrenamiento cognitivo y control cardiovascular podía ayudar a preservar la función cognitiva en adultos mayores con riesgo elevado.
Ahora intenta aplicar esa investigación a su propia vida. Se mantiene físicamente activa con sus dos hijos adolescentes, de 16 y 14 años: la familia suele jugar al tenis. Viaja con frecuencia a congresos médicos, lo que, según dijo, le brinda estimulación social y conexión.
Pero admite que hay áreas en las que podría mejorar.
“Para ser honesta, el sueño y la relajación no siempre son tan buenos con los viajes”, detalló, y añadió que cuando se trata de dormir –un estudio reciente encontró que entre 6,4 y 7,8 horas por noche puede ser el punto ideal– “esa parte debería mejorarla”.
Otro objetivo es aprender algo completamente nuevo, posiblemente el buceo, que el resto de su familia ya hizo.
“Quiero empezar un nuevo pasatiempo, pero no es fácil”, admitió. “A veces, cuando tenés más de 50 años, es fácil quedarse en lo conocido”.
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