Maltrato a adultos mayores
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Nuestros abuelos reparaban aquello que se rompía. Nuestros hijos lo tiran y lo reemplazan. Esa cultura del descarte avanza peligrosamente entre nosotros, amenazando no solo con sepultarnos bajo cantidades de basura que ya se han vuelto inmanejables, sino también extendiendo esa misma mirada respecto de los propios seres humanos y naturalizando una suerte de “obsolescencia humana”.
El pasado 15 de junio celebramos el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, instaurado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se trata de una buena ocasión para reflexionar sobre un tema preocupante y con pronóstico de agravamiento ante el envejecimiento poblacional. La OMS habla de uno de cada seis adultos mayores de 60 años afectados, pero podrían ser más. La Defensoría de la Tercera Edad de la ciudad de Buenos Aires recibe entre 200 y 400 denuncias diarias por distintas situaciones.
Alejados de la mirada oriental que pondera la sabiduría de los años, solemos hablar de “clase pasiva” y relegar a quienes peinan canas a la infantilización, la descalificación, la sobreprotección o la pérdida de autonomía.
El maltrato y la violencia no siempre saltan a la vista. Además de sus manifestaciones físicas hay otras mucho más silenciosas como el abandono, el aislamiento y el abuso económico. Tampoco quedan acotados a quienes viven institucionalizados o en situación de calle. Su presencia intramuros, con hijos y cuidadores que se aprovechan de tantos adultos mayores sin voz, con serias dificultades para acceder a medicación, alimentos o vivienda, tiende a naturalizarse. Constituye un castigo que se suma al llamado “maltrato estructural” que impone un Estado que condena al jubilado a la miseria.
La Organización de Estados Americanos reconoce mediante un tratado internacional que las personas mayores son sujetos plenos de derecho y obliga a los Estados a garantizar su autonomía, dignidad, salud, seguridad social y una vida libre de violencia.
Un capítulo aparte merece la exclusión digital que experimentan nuestros mayores. Según datos del Indec, seis de cada diez personas mayores de 65 años en la Argentina no utilizan internet. Imposibilitados para gestionar turnos médicos, realizar trámites bancarios o previsionales, o simplemente comunicarse con hijos y nietos, se convierten en parias digitales. Su vulnerabilidad cognitiva en este terreno los vuelve apetecibles para la manipulación y las estafas. Por otra parte, el aislamiento digital encierra mayor riesgo de depresión, lo mismo que situaciones de soledad prolongada que comprobadamente aumentan el deterioro cognitivo y el riesgo de demencia y de patologías cardiovasculares. La desconexión afectiva conduce a la neurodegeneración y el estrés crónico abona la vulnerabilidad orgánica.
Nuestra sociedad viene demostrando no estar preparada para estos cambios. Seguir invisibilizando esta problemática revictimiza a nuestros mayores. Cada uno debería revisar los propios prejuicios, dominados por un insostenible edadismo en un país que dice preocuparse por la inclusión y los derechos humanos.
El desafío que enfrentamos como comunidad es el de devolverles su dignidad y humanizar el trato. Esto implica el diseño de políticas que aborden proactivamente esta realidad, incluyendo el desarrollo de redes de cuidado, de detección de riesgo y seguimiento estatal, que no los someta a la burocracia ni los obligue a la marginación tecnológica entre muchas otras impostergables iniciativas.









