Joyas ocultas: cinco películas escondidas de grandes directores que hay que ver
En las plataformas que hay en nuestro país hay cerca de 20.000 películas disponibles y aunque faltan varios clásicos, hay producciones de importantes autores que no hay que perder de vista
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Es probable que no lo sepan, pero si contamos todas las plataformas disponibles hoy en la Argentina (las pagas, por lo menos) hay cerca de 20.000 películas a disposición. Aunque hay ciertos seres humanos que son capaces de haber visto tal cantidad —y el autor conoce un par, aunque de lejos—, resulta un acervo inabarcable para el aficionado. Y eso si no tenemos en cuenta todo lo que falta: no vamos a dejar de protestar por la ausencia de clásicos, por el hecho de que muchos de esos maestros que parecían obligatorios hace algunas décadas (Ingmar Bergman o Federico Fellini) o siempre (John Ford o Douglas Sirk) están prácticamente ausentes de los catálogos. Sin embargo, el buceo en las procelosas aguas de los servidores permite encontrar todavía mucho para ver y eludir con elegancia el último grito publicitario hecho rápido y a reglamento para tener “otra novedad” en el catálogo. Seamos etimológicos: “elegancia” es la acción y el efecto de “elegir”. Así que aquí elegimos para la amable lectora y el comprometido lector algunos títulos que, sorpresa, se pueden ver en la Argentina y a los que no va a llegar tan fácil. Spoiler: la mayoría no tuvo estreno comercial —y algunos tampoco edición en video— en estas pampas, y todas corresponden o a grandes autores o, por lo menos, a directores de peso.
Rebeldes y confundidos (Mubi)
Vamos con un clásico de clásicos que —adivinen— nadie quiso estrenar acá. Se trata de la segunda película de Richard Linklater, Rebeldes y confundidos (Mubi), semillero de actores (debutó ahí Matthew McConaughey, con un personaje que se volvió icónico aunque iba a tener sólo una aparición) y que narra el último día de clases de una secundaria en Texas. Lo que implica que los del último año van a hacerle la vida imposible a los que recién entraron, pero eso es casi lo de menos. Con un uso muy preciso del tiempo y el espacio —todo transcurre en alrededor de 24 horas— y una descripción completamente realista de las relaciones adolescentes que incluye desde la torpeza hasta la súbita iluminación (una de las secuencias finales, en un campo de fútbol americano, es central en este sentido), va más allá de la típica “comedia del secundario”. De hecho, parece que aceptara los clichés de ese subgénero para quebrarlos con amabilidad y humor, aunque no carece de momentos tensos y dramáticos. Linklater, en ese sentido, siempre tuvo la sensibilidad del documentalista, del que sabe que la vida no es ni toda risas ni toda lágrimas, aunque aquí se inclina un poco más por las primeras. Es una película rigurosa en lo formal, pero libre respecto de lo que narra; fue un fracaso de público en su estreno y se convirtió en un clásico absoluto. Por ahí andan Ben Affleck, Parker Posey, Adam Goldberg y Mila Jovovich.
Pacto con la muerte (SonyOne)

Hablando de autores o de nombres importantes, no deja de serlo el del alemán Barbet Schroeder. Aunque eso de “alemán” le queda chico a un hombre que, tras ser productor de las películas de Eric Rohmer, rodó en muchos países y un poco de todo. Quizás recuerden, sobre todo, su película más exitosa, La virgen de los sicarios, realizada en Colombia. O su muy premiada Mi secreto me condena, sobre el affaire Von Bulow y que le dio un Oscar a Jeremy Irons. Pero aunque no lo crean, este hombre rodó un delirio impresionante de acción y suspenso en pleno corazón de Hollywood y con dos -entonces- estrellas imbatibles, película que en la Argentina quedó sepultada en el “directo a video” porque en el mundo no obtuvo suficiente recaudación. En SonyOne figura como Pacto con la muerte y la protagonizan Michael Keaton y Andy García. Keaton es un asesino psicópata condenado a muerte. También es el único donante de corazón compatible con el hijito de García, el detective que lo encarceló. Adivinen: cuando lo están por operar (sí, a Keaton lo ejecutan mientras lo operan), el tipo escapa destrozando gente y no se lo puede matar porque el niño necesita de ese corazón. Lo interesante de este delirio es que funciona, que uno le cree a los personajes y que la tensión es absoluta. Eso y Keaton, que aquí logró llevar ese personaje que creó para Beetlejuice (el psicópata simpático) a un nivel de credibilidad y perversión extraordinario. Es una excelente película de suspenso que además comenta, con humor negro, los clichés del género y hasta los supera: la media hora final es pura acción de la mejor.
La segunda guerra civil (HBO Max)

La película que sigue también tuvo, como las dos anteriores, edición en VHS (¡VHS!) en nuestro país y nunca más apareció por ninguna parte hasta que se lanzó HBO Max porque, de hecho, es un telefilm. Y es otra película “de autor”. Lateralmente, uno empieza a sospechar que los que manejan el negocio tienen bien claro que los films personales o con estilo propio son mal negocio y es una pena porque lo único que es mal negocio es una mala película (y abundan). En fin, esta es una comedia negra y política dirigida por Joe Dante (Piraña, Gremlins) y llamada La segunda guerra civil. En los EE.UU., un presidente demócrata (interpretado por ese enorme comediante que fue Phil Hartman) ordena recibir a refugiados pakistaníes —la mayoría, niños— en el estado de Idaho. Pero el gobernador (Beau Bridges) desobedece, cierra las fronteras y declara la secesión con un discurso xenófobo. Discurso cuestionado por una periodista de origen mexicano que, lateral e irónicamente, es su amante. Hay una secuencia de reunión de gabinete en la Casa Blanca que es una joya de sátira política, con un duelo de comendiantes entre Hartman y James Coburn (que siempre supo cómo hacer reír aunque interpretara tipos duros); hay una disección notable sobre el periodismo (el personaje de James Earl Jones parece ser el único que comprende el término “ética”) y en cierto momento lo risueño desaparece y las cosas se ponen violentas y trágicas. Por varias razones, La segunda guerra civil, rodada hace cerca de tres décadas, hoy es mucho más relevante que entonces, más adecuada a lo que nos toca vivir. Y es también curioso que satirizara a Clinton, pero mucho se aplica a la administración Trump. Eso tienen las buenas películas: trascienden nombres propios y fechas fijas.
Inventing the Abbots (Disney +)
Hubo un tiempo en los años noventa en los que se habló mucho del “cine independiente americano”, algo parecido a un movimiento que dio varios cineastas a Hollywood, muchos de los cuales dejaron de ser, en cierto sentido, independientes. Había muchas películas que tenían la siguiente estructura: un visitante que vuelve a su pequeño pueblo natal a saldar cuentas y revisar su propio pasado que descubre, de paso, varios secretos dramáticos. Y eran además películas corales, con muchos actores conocidos en pocas escenas (era más barato así). Entre esos films hay excelentes, buenos y mediocres, pero, curiosamente, no hay malos. Suelen ser realistas. Entre los mejores con tal esquema, y que representa bien el estilo, figura Inventing the Abbots, que tampoco tuvo jamás estreno comercial en la Argentina (está en Disney+). Ahora bien, resulta que su realizador es británico (Pat O’Connor) y tenía en su haber otras películas sobre mundos pequeños y sensibles (si ven por ahí Cal, con Helen Mirren, no lo duden: de lo mejor de la actriz). Lo que quizás explique el tempo pausado pero no lento, el desarrollo de la psicología de los personajes o sus gestos pequeños en lugar del estruendo o la “gran escena”, etcétera. Aquí tenemos el pueblo chico donde dos hermanos de clase trabajadora (Billy Crudup y Joaquin Phoenix) se enamoran de dos hermanas de clase adinerada (Jennifer Connelly y Liv Tyler). Y en medio de momentos románticos y postales de vida cotidiana, se va descubriendo un secreto oscuro en el pasado de ambas familias. Es un muy buen melodrama con no poco de crítica social como marco.
El cerebro del billón de dólares (Prime Video)
Y cerremos esta selección con algo que debería figurar en los primeros puestos del delirio cinematográfico, una obra que parece imposible de pensar dado lo que sabemos de sus realizadores e intérpretes. Se llamó en el original El cerebro del billón de dólares, pero figura en Prime Video como Con el mundo a sus pies. En principio, parece ser de esas películas que se hicieron como clones de James Bond en los años sesenta. Pero esta, a diferencia de las parodias más evidentes como Matt Helm -con Dean Martin- o Flint -con James Coburn-, es un poco distinta y al mismo tiempo más delirante, porque lo que satiriza es la propia política en lugar del género. En principio, el protagonista es Michael Caine, en una de las dos aventuras que hizo como el agente Harry Palmer. De paso, es este personaje el que realmente parodia a Mike Myers en Austin Powers (¿recuerdan que en la tercera el papá de Austin es justamente Michael Caine?). La segunda rareza es que el director es Ken Russell, que aún no había hecho Mujeres enamoradas o Los demonios o Lisztomanía o Estados alterados, pero sí, ya estaba bastante demente. Y luego, la trama: un magnate hipermillonario tejano y bastante neonazi quiere eliminar el comunismo. Para ello crea una red de espías para causar una guerra en países soviéticos, todo programado por una supercomputadora. Es una película pop delirante disfrazada a veces de “seria”, y el tono de las actuaciones recuerda mucho a la contemporánea serie británica Los Vengadores (no, nada que ver con Marvel y todo que ver con Patrick McNee y Diana Rigg). Russell realmente se divierte y se nota que Caine también. Y sin embargo, la manera en la que retrata la Guerra Fría como una especie de desquicio en el que todos fingen algo en lo que no creen, o los planos casi de historieta con ejércitos o camiones, o el hecho de que tipos como Karl Malden tengan claro cuál es el tono irónico de la película, le otorgan un extra que la hace también comentario sobre el presente y los desbordes potenciales de la tecnocracia. No hay películas así o, mejor dicho, andan escondidas. Seguiremos buceando.
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