La mujer con la mirada hechicera
El reconocido bailarín argentino evoca en esta columna la experiencia de trabajar con Maya Plisetskaya, su calidad de artista y de persona, y la fuerza de un par de ojos que tanto le enseñaron
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Recuerdo con nitidez el día en que vi bailar por primera vez a Maya Plisetskaya. Yo era apenas un niño dando mis primeros pasos en la danza, y ella llegó a Buenos Aires como un huracán de arte y verdad. Su presencia en el escenario era pura magia: un viaje que despertaba en mí, y en todo el público, un deseo incontrolable de descubrir qué era eso que habitaba en la danza, y qué tenía esa artista que provocaba semejante conmoción.
Era arte. Era verídico. Era real. Y era profundamente movilizador y transformador.
Verla bailar era como caer bajo un hechizo. Un magnetismo que te atrapaba y te hacía perder la noción del tiempo, del espacio, de la realidad. Te convencía de que ella era Carmen, un cisne en su último aliento, una rose malade o el pulso implacable del Bolero de Béjart. Pero no era un personaje: era Maya, y era ella quien lograba esa magia.
Crecí con ese anhelo: el de crear magia en cada paso, en cada personaje. Y con el tiempo, ese deseo me llevó a lugares que jamás imaginé. En 1990, recibí una propuesta que parecía irreal: me convocaban para estrenar una obra basada en nuestra literatura argentina, El reñidero, y debía ser partenaire de la gran Maya Plisetskaya. Acepté sin dudar, sin saber siquiera si ella aceptaría bailar conmigo. Me puse en manos del coreógrafo Julio López, decidido a crear algo inolvidable. Y claro, para mí, lo fue.
Nos habíamos cruzado en una gala en Madrid meses antes, pero el primer ensayo ocurrió en la sala Filarmónica del tercer subsuelo del Teatro Colón. Entramos, y tras una breve charla entre Julio, Maya y yo, comenzó a sonar la música de Piazzolla. En la marcación, yo debía girar, correr hacia ella y apoyar mi mejilla en sus manos. Al darme vuelta, me encontré con esos ojos hechiceros. Me quedé congelado. Era la misma magia de aquel primer encuentro, años atrás, desde la butaca.
Hipnotizado por la intensidad de su mirada, entendí que estaba frente a mi oportunidad de aprender aquello que siempre me había preguntado: ¿de dónde venía esa fuerza? Y lo descubrí. En ella encontré una colega humilde, generosa, sabia. Me enseñó que para ser una estrella hay que ser, ante todo, un ser humano grande, sincero, transparente y profundamente generoso.
Maya dejó un legado monumental. Redefinió la técnica clásica. Cuando bailaba, parecía fuera de su tiempo: décadas adelantada. Demostró que la expresión escénica es el alma del ballet, que somos actores sin palabras. Por eso, es considerada la mejor bailarina de la segunda mitad del siglo XX.
En lo personal, nunca olvidaré sus consejos, su sonrisa, su forma de acercarse con el deseo genuino de ayudar a quien estuviera recorriendo el sendero de la danza. Una personalidad inolvidable. Y aunque ya no esté entre nosotros, se la siente cerca, tomándonos de la mano, mostrándonos el camino. Como en aquel primer ensayo, ofreciendo sus manos para que nos regocijemos en ellas.
Gracias, Maya. Por tu arte, tu mirada y tu hechizo eterno.
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