Luz de velas, manteles blancos, cocina a la vista y una propuesta estacional que cruza los sabores de España e Italia con el mar como inspiración
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Poco a poco, el mapa gastronómico de Buenos Aires estira sus fronteras y sorprende a los porteños con rincones menos pensados. Lejos del ruido del circuito tradicional, Lula plantó bandera en una esquina tranquila de Villa Ortúzar. Este pequeño bistró, que abrió sus puertas en septiembre de 2025, es el sueño compartido entre Sacha Hamra y su sobrino, el chef Teo Valentini. Juntos lograron lo que pocos: que un restaurante flamante se sienta, desde el primer día, como el comedor de la propia casa.

El nombre es un guiño de nostalgia y amor: Lula es la hermana de Teo y sobrina de Sacha, la única de la familia que vive en el exterior. Bautizar el bistró con su nombre fue la manera de traerla y hacerla parte en cada servicio. Ese espíritu de los encuentros familiares se siente en la camaradería del equipo y en la propuesta pensada para compartir.
Una esquina con alma y pulmón
El proyecto venía madurando en la cabeza de ambos desde hacía seis años, pero el clic definitivo llegó tras la partida de Teo a Europa, un viaje experimental por las cocinas del viejo mundo.

Sacha, un entusiasta de la cocina con ojo afilado, se acordó de una propiedad en alquiler donde antes funcionaba RS Esquina. En junio de 2025 pusieron manos a la obra. Las remodelaciones fueron a puro pulmón y, tres meses después, Lula abrió sus puertas.
La fachada conserva la pintura descascarada y los grafitis originales, un código de respeto por la estética urbana del barrio. Sin embargo, tras la puerta, el ambiente se transforma en un refugio íntimo: paredes blancas e impecables, luces tenues, velas y mesas vestidas con manteles que invitan a bajar el ritmo. El corazón del lugar es su cocina a la vista con una barra baja que elimina cualquier distancia entre los cocineros y los comensales. Hay espacio para 28 cubiertos adentro y 12 más en las mesas de la vereda, protegidas por el techito de la ochava.

Intensidad mediterránea en cada plato
“En Lula pensamos la carta en base a lo que nos gustaría encontrar si vamos a comer a un restaurante”, dice Teo Valentini, chef del lugar.
Los viajes de Teo por el Viejo Continente moldearon su debilidad por la cocina mediterránea —con España e Italia a la cabeza— y su filosofía para tratar el producto, con técnicas tradicionales y la menor intervención posible. Pero que no se confunda austeridad con timidez. “Me interesa el cruce entre lo clásico y lo punzante. No busco que los platos sean delicados y equilibrados, sino intensos y complementarios”, define Teo.

Su recorrido como jefe de cocina en distintos restaurantes le dejó una red de proveedores pequeños y medianos que hoy son sus aliados. El contacto es diario, lo que le permite conseguir materias primas frescas y diseñar un menú dinámico, que cambia al ritmo de lo que ofrece la tierra y el mar en cada estación.
Con los vegetales, los frutos de mar y las pastas artesanales como estandarte, la carta de Lula se define en casi una veintena de platos que cambian al ritmo de la temporada.


La cocina abierta invita a espiar el oficio: las preparaciones se resuelven en el momento entre sartenes de hierro, fuegos de parrilla y el uso de una auténtica chitarra romana -un obsequio que les hicieron unos clientes habituales- con la que moldean los spaghetti.
El pan de sémola de elaboración propia y un untable adictivo abren el juego a la experiencia junto a los morrones asados con boquerones y ajos confitados. Los crudos de mar, que suelen variar entre un sashimi y un tiradito de pesca fresca, se consagraron como los preferidos del público en el tapeo inicial. Entre las pastas, destacan los agnolotti de ricota y dátiles, servidos con manteca, avellanas y queso reggianito.

El Atlántico se hace sentir fuerte en los chipirones a la lionesa (acompañados por papas fritas finitas y un toque crocante de nduja), el calamar entero a las brasas con papas confitadas, y la pesca entera a la parrilla, que sale cubierta de alcaparras, ajo y perejil. Los platos principales se complementan con guarniciones que bien podrían ser protagonistas individuales, como los repollitos de Bruselas con miel picante y alcaparrones, o el hinojo a la plancha con quinotos encurtidos.
La hora del postre mantiene la línea de lo simple y bien ejecutado. Hay un cremoso de chocolate con aceite de oliva, sal y tahini, y una opción que rinde homenaje a los postres de pulpería: quesos de cabra y vaca con higos y zapallos en almíbar. La sugerencia estacional de estos meses son los membrillos en almíbar con crema ácida y avellanas tostadas.

Para acompañar, la carta de vinos es un viaje federal: 20 etiquetas de pequeñas bodegas seleccionadas de norte a sur del país, combinando cepas tradicionales con joyitas menos conocidas, ideales para quienes buscan dejarse sorprender.
Un dato para tener en cuenta es que algunos domingos Lula se transforma en una verdadera celebración de la cocina italiana: hay eventos diurnos que se anuncian con anticipación a través de las redes sociales y que representan la excusa perfecta para disfrutar de la pasta de autor un mediodía.
Lula Estomba 991, Villa Ortúzar (CABA). Martes a sábados desde las 20. IG: @lula_restaurante
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