
Policrisis y regeneración: América Latina ante la oportunidad de construir nuevos futuros
Aparece con fuerza la necesidad de un nuevo marco de pensamiento que reconfigure la relación entre economía, cultura y naturaleza
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El deterioro ambiental que sufre el planeta no es una acumulación de problemas desconectados ni un simple desequilibrio de la economía. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los suelos y la contaminación forman parte de una trama de procesos interconectados.
Sería un error sostener que estos fenómenos revelan solo una crisis ambiental. Son, más bien, el síntoma de un desajuste más profundo entre la forma en que las sociedades humanas piensan y organizan su vida, y los límites biofísicos del planeta. En su expresión actual, ese desajuste se manifiesta como una crisis civilizatoria.
Durante más de dos siglos, el modelo de desarrollo dominante impulsó avances extraordinarios. Pero también generó una presión creciente sobre los sistemas ecológicos de los que depende la vida. Hoy sabemos con claridad que varios de los procesos que regulan el equilibrio de la Tierra se encuentran en una situación crítica.
En este contexto, la cuestión ambiental deja de ser un problema sectorial para convertirse en una condición estructural: sin sistemas ecológicos funcionales, no hay economía posible, ni estabilidad social sostenible, ni horizonte político duradero.
En este debate global, América Latina ocupa una posición singular. La región concentra algunos de los territorios más estratégicos del planeta desde el punto de vista ecológico -la Amazonia, los sistemas andinos, los grandes humedales-, pero al mismo tiempo mantiene economías fuertemente dependientes de modelos extractivos que presionan sobre esos mismos sistemas.
Esta tensión entre potencial ecológico y presión extractiva define uno de los dilemas centrales del presente latinoamericano. No se trata solo de una discusión ambiental, sino de una disputa sobre el tipo de desarrollo que la región está dispuesta a sostener.
Pero América Latina no es solamente un territorio de conflicto. Es también un espacio de posibilidades. En distintos rincones de la región emergen experiencias que cuestionan las bases del paradigma dominante: prácticas agroecológicas, procesos de restauración, economías alternativas, innovaciones científicas, tecnológicas e institucionales.
Durante años, estas iniciativas avanzaron de manera fragmentaria, pero hoy comienza a vislumbrarse algo distinto: una incipiente convergencia.
Durante el mes de abril, en la Ciudad de Buenos Aires, más de 200 referentes participaron de la Conferencia Internacional “Pensamiento y acción: el camino a la regeneración”, convocada por el Club de Roma. Enrique Leff, Eduardo Gudynas, Mamphela Ramphele, Carlo Ángeles, Lucas Garibaldi, Carlos Álvarez Pereira, entre muchos otros, permitieron constatar que existe una masa crítica de actores -desde la ciencia, la política, el sector privado y la sociedad civil- que comienza a compartir no solo un diagnóstico, sino también una agenda común.
El diagnóstico puede sintetizarse en una idea: no estamos frente a una suma de crisis aisladas, sino ante una policrisis. Es decir, un entramado de crisis interdependientes que no pueden abordarse de manera fragmentada.
Pero lo más significativo del encuentro fue que esta lectura no quedó en el plano conceptual. Comenzaron a delinearse líneas de acción concretas: desde la articulación entre ciencia y política pública hasta la necesidad de escalar experiencias territoriales de regeneración y construir mecanismos de cooperación regional más estables.
En ese marco, se presentó el informe del National Engagement Program de “La Tierra Para Todos” en Argentina –impulsado junto a la Fundación Alimentaris-, que propone abordar simultáneamente la pobreza, la desigualdad y la degradación ambiental. La premisa es clara: la velocidad con la que se pueden enfrentar los límites ecológicos depende, en gran medida, de la velocidad con la que se reducen la pobreza y la desigualdad.
Este enfoque desplaza la discusión desde el “qué hacer” hacia el “cómo hacerlo”, poniendo el foco en la articulación sistémica de las políticas públicas.
El encuentro dejó además un hito institucional relevante: la firma de un protocolo de cooperación entre el Club de Roma y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), que adelanta el marco para impulsar investigación, formación, generación de conocimiento y cooperación regional orientada a la regeneración socio-ecológica. En una región marcada por la fragmentación y la discontinuidad, este tipo de iniciativas resulta clave para sostener procesos de transformación en el tiempo.
Pero todos estos avances conviven, a su vez, con una tendencia preocupante. En distintos países -incluido el nuestro- emergen discursos y decisiones políticas que relativizan o directamente niegan la evidencia científica, desestiman los límites físicos del planeta, incentivan la tensión social y promueven visiones donde el mercado y la acción individual aparecen como únicas respuestas posibles.
En nuestro país, estas tensiones se expresan con claridad en debates recientes, como las modificaciones en torno a la ley de glaciares, que vuelven a poner en discusión la protección de activos ambientales estratégicos frente a intereses de corto plazo.
No se trata de una discusión ideológica abstracta. Lo que está en juego es la capacidad de sostener en el tiempo las condiciones que hacen posible la vida misma, y con ella cualquier posibilidad de producción y desarrollo.
Frente a este escenario, necesitamos mucho más que un conjunto disperso de iniciativas exitosas: necesitamos redes capaces de articular conocimiento científico, saberes y acciones territoriales, innovación institucional y cooperación internacional. Esto implica también profundizar un verdadero diálogo donde el conocimiento científico, los saberes ancestrales y las experiencias territoriales no se subordinan unos a otros, sino que se integran para ofrecer respuestas más complejas y situadas.
En el centro de estas búsquedas aparece con fuerza la necesidad de un nuevo marco de pensamiento que reconfigure la relación entre economía, cultura y naturaleza. En otras palabras, la necesidad de un nuevo humanismo, capaz de volver a situar al ser humano no como dominador de la naturaleza, sino como parte de ella. Reconocer que la economía es un subsistema de la biosfera no solo implica aceptar que el crecimiento material, tal como lo concebimos, no puede sostenerse indefinidamente en el tiempo, sino también comprender que la forma dominante de interpretar el mundo -basada en la separación, la acumulación y la instrumentalización de la naturaleza- es apenas una entre muchas posibles, y no necesariamente la más adecuada para los desafíos del presente.
Se trata, en definitiva, de transitar desde un modelo monocultural, centrado en el dominio y la explotación de la naturaleza, hacia otro orientado a la regeneración de los sistemas vivos: un modelo en el que el ser humano deje de pensarse como agente externo o superior y se reconozca como parte constitutiva de una trama de vida interdependiente. En este sentido, la regeneración no se limita a reducir impactos, sino que busca restaurar y fortalecer los procesos que sostienen la vida, entendiendo que lo ecológico, lo social y lo económico no pueden disociarse sin poner en riesgo su propia continuidad.
Este es, ante todo, un desafío político, cultural y ético. Implica revisar nuestras nociones de valor, bienestar y progreso, y construir formas de gobernanza capaces de sostener transiciones complejas.
El desafío es enorme. Pero también lo es la oportunidad. Porque si la crisis ecológica marca los límites de un modelo, también abre la posibilidad de imaginar nuevos horizontes. Horizontes en los que la economía deje de pensarse como un fin en sí mismo y vuelva a reconocerse como parte de una trama mayor de la que depende, y en los que el desarrollo deje de medirse exclusivamente por la acumulación material.
Lo que ocurrió en Buenos Aires no resuelve ese desafío, pero permite afirmar algo que, hasta hace poco, no era tan evidente: que existe en América Latina una voluntad creciente de enfrentarlo de manera colectiva.
En un mundo que tiende a fragmentarse, esa voluntad ya es un dato político relevante. Y, sobre todo, esperanzador.
Gonzalo del Castillo es director ejecutivo del Club de Roma Argentina





